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¿Cómo puedo expresar un amor real y verdadero?

«Jesús contestó: —’Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente’. Este es el primer mandamiento y el más importante. Hay un segundo mandamiento que es igualmente importante: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’. Toda la ley y las exigencias de los profetas se basan en estos dos mandamientos» (Mateo 22:37-40, NTV).

Con tan solo mirar a nuestro alrededor nos damos cuenta que el mundo necesita más amor. Por eso, este mandamiento que nos dejó el Señor Jesús es el pilar fundamental para construir una vida que refleje los principios del Reino de los Cielos en la tierra. Y para que ese Reino basado en el amor se manifieste, necesita de personas (hijos e hijas de Dios) que estén dispuestos a expresarlo.

Primer mandamiento: ama a Dios

Este es el gran mandamiento que el Señor nos pide, «amarlo con todo», y cuando habla de todo se refiere a una totalidad: intelecto, emociones y voluntad. ¡Qué gran desafío es lograr amar a Dios rindiendo cada parte de nuestro ser! La relación de intimidad que Dios nos ofrece nos ayuda a desarrollar los pensamientos correctos, para tener las emociones y los sentimientos bien encauzados, y así ser capaces de tomar decisiones acordes a los mandamientos del Señor, a reemplazar nuestra voluntad (ideas o deseos) por SU voluntad.

Entonces, Dios nos demanda esta clase de amor y de entrega hacia Él, ¿pero con qué fin? Con el fin de amar a los demás. Para amar a otros e incluso amar nuestra propia vida primero debemos amar al dador del verdadero amor. Si no desarrollamos un amor genuino y real hacia Él, es imposible que podamos amar como desea que lo hagamos. ¿Cómo daremos amor si no estamos llenos del Él? Intercambiemos nuestra manera de amar condicional por SU manera de amar incondicional.

Segundo mandamiento: ama a tu prójimo

¿De qué manera? Como a ti mismo. Amar a nuestro prójimo está condicionado por la manera en que nos amamos a nosotros mismos. Valorar nuestra vida como Dios lo hace es fundamental para desarrollar una identidad saludable y una vida de propósito. Cuando miramos al Señor y su obra redentora, lo que dio por nosotros, encontraremos nuestro verdadero valor y desde esa perspectiva podemos vivir la vida en esta tierra llena de fe, de amor hacia los demás y de esperanza.

Si Dios nos amó, amémonos nosotros también con nuestros defectos y virtudes, pero siempre desarrollando una vida de fe y de avance, y por sobre todas las cosas, estemos dispuestos a realizar los cambios necesarios. Pero, ¿quién es nuestro prójimo? Nuestro prójimo es la persona más cercana que tenemos (nuestro próximo). Para amar no debemos buscar muy lejos, simplemente son las personas que nos rodean. Amar a Dios produce en nuestro interior un amor real que no se basa en sentimientos o merecimientos (nosotros no merecíamos el amor del Padre). Esa es la clase de amor que Dios nos demanda para con los que nos rodean.  Al pie de la cruz todos fuimos igualmente amados (Juan 3:16).

Las personas y la sociedad entera clama por ver la expresión del amor real y verdadero de los hijos de Dios (Romanos 8:19). Si nosotros no lo hacemos ¿Quién lo hará? ¿Quién podrá, quién irá, quién manifestará el Reino de los Cielos? Dios confía que podemos amar como Él lo hace.

Desarrollemos cada día actos que comuniquen amor, compasión y consuelo. El amor de Dios tiende puentes que nos conectan con el otro y trasciende la vara con la que medimos a las personas. El amor corrige, instruye, guía, ayuda, comparte, se interesa por las necesidades, acompaña y por sobre todo da. Estamos para conectar a las personas con el verdadero amor: el del Padre. Esa fue la misión de Jesús y también es la nuestra.

Tomemos el compromiso de amar a Dios con todo nuestro ser y asumamos el desafío de amar a las personas como Él nos enseña que debemos hacerlo. No es imposible. Cada uno de nosotros fue amado para amar.

Autora: Ruth Castro

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