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Estar en las buenas… pero en las malas mucho más

Falta muy poco tiempo para que comience el Mundial de Fútbol. Personalmente, me encanta «la previa» de los partidos o de los eventos masivos como un Mundial. La gente se ilusiona, está expectante, se organiza, se compra camisetas y accesorios para ese día, se lo cuenta a los hijos, se reúne; y aunque en este caso es un juego y hay rivalidad, la pasión que se siente sea por cualquiera de los equipos es indescriptible.  Los jugadores entran a la cancha y se canta el himno como nunca nadie lo cantó ni en un acto escolar. Ahí es cuando se nos llena el corazón de orgullo mirando a los jugadores de fútbol representando a nuestro país, con el objetivo de ganar y ser mejores que todos los demás países del mundo.

Y ni te cuento cuando hacen un gol o ganan un partido… ¡es la gloria! Nos creemos los mejores. Cantamos, gritamos, nos abrazamos, nos vamos a festejar a algún lugar, tocamos la bocina del automóvil, le «refregamos» nuestros colores al mundo entero.

Pero… ¿en las malas? Cuando ocurre algo dentro de la cancha que no es a nuestro favor… ¿Qué hacemos? No conozco una persona que apague el dispositivo que este mirando y diga: «¡no lo miro más!», porque si lo hace, después lo vuelve a prender para ver qué pasó, cómo terminó todo.

Cuando perdemos, cuando nos hacen un gol, cuando se pone complicado… ¿sabes que hace la mayor parte de la gente? Empieza a cantar más fuerte, empieza a alentar, empieza a unirse más. Porque la pasión es así… en las buenas estás siempre, pero en las malas mucho más. Porque en las malas se nota la lealtad, la fidelidad, la verdadera pasión por tu equipo, por tu país, por tus jugadores.

Cuando pensaba en todo esto, me vino una frase a la cabeza: «¡Qué lindo sería que pasara lo mismo con la iglesia, con nuestros hermanos!» Porque cuando un hijo de Dios, sea de la congregación que sea, nos cuenta algo lindo lo festejamos, agradecemos a Dios, nos unimos, cantamos, hacemos todo porque reconocemos a Dios en eso. ¿Pero qué pasa cuando un hijo de Dios pierde o se aleja? ¿Qué pasa cuando el enemigo» le mete un gol» a nuestro hermano? ¿Qué hacemos nosotros cuando le cobran un penal a otro? ¿Qué hacemos cuando nuestro hermano se equivoca?

Quiero que pensemos juntos: somos todos parte de un equipo, pero todos tenemos batallas y tentaciones diferentes. A todos se nos dificulta el partido en algún momento. En las buenas es fácil estar, es fácil cantar el domingo y abrazar al de al lado y orar juntos. Como celebrar un casamiento, un ascenso en el trabajo, la espera de un hijo, un noviazgo, una reconciliación, un bautismo, las lindas noticias… ¿Pero en las malas? Cuando ese otro se hunde, se tienta y peca nos encanta criticar, juzgar, hasta abandonar, y nos olvidamos que somos parte del mismo equipo y que tenemos la misma pasión.

Si nuestra pasión es Dios, si nuestra pasión sigue siendo ganar almas para Él, tenemos que estar en las buenas… pero en las malas mucho más. Tenemos que estar expectantes y disponibles para prepararnos y festejar los goles, pero también para llorar y orar juntos las derrotas. No va a dejar de ser de nuestro equipo por un mal partido, por una goleada, por un penal que no fue, por un gol que no entró… tampoco deberíamos dejar de ser hermanos por nada de eso.

Organiza tu agenda y ponete la camiseta para el partido de tu vida: ser hermano en Cristo en las buenas… pero en las malas MUCHO MÁS.

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