«Si te portas mal, no te quiero más». Esa es la frase que me dijo mi hijo de 3 años un día cuando salió del jardín (kinder). La realidad es que en el momento que me lo dijo, me quedé prácticamente helada. Yo jamás le dije ni le diría esa frase, así que le expliqué que yo siempre lo voy a querer, aunque se «porte mal». Le dije que probablemente me enoje si hace cosas que no están bien pero que, aunque yo esté enojada, eso no cambiaría mi amor por él.
Me quedé pensando en esa frase y en ese «tipo de amor». No sé quién le dijo eso a mi hijo, no sé si fue alguien del jardín o un compañero. No sé de dónde lo escuchó. Lo cierto es que en nuestras relaciones humanas solemos poner condiciones para ser amados y para amar. Y está bien que así sea, porque nuestro amor es humano y falla, y no equivocamos.
Pretendemos o esperamos del otro un conjunto de comportamientos o señales para sentirnos amados, si hace algo que no está bien o que no nos gusta nos enojamos, nos cuestionamos, nos replanteamos, y lo mismo pasa con nosotros cuando damos amor y del otro lado nos cuestionan o nos condicionan. Es claro pensar en que uno o el otro tiene que hacer cosas para ganarse el afecto. Hablo de amistades, parejas, hijos, padres, etc.
También es lógico pensar que muchas veces «el amor» si no se construye, no se alimenta, no se nutre, no se le dedica tiempo, con el tiempo va cambiando o va desapareciendo.
La realidad es que Dios nos ama sin condición. Le dediquemos tiempo o no, nos alejemos o no, Dios nunca nos deja de amar… aun cuando nos «portamos mal». Siempre espera que volvamos a Él. Siempre está dispuesto a perdonar nuestras ofensas, nuestras malas conductas. Tenemos la oportunidad de volver a empezar, de arrepentirnos y Él está ahí.
Cuando Jesús murió por nosotros no puso ninguna condición, de hecho lo hizo puramente por amor porque sabía que no hay nada que podamos hacer para ganarnos el amor y perdon de Dios. Ser hijos de Dios nos lleva a tener conductas y comportamientos de amor, eso parte de reflejar a Jesús en nuestras vidas y a todos los que nos rodean. Es una consecuencia de habernos encontrado con ese amor incondicional. Ese amor que transforma y que no deja de ser, nunca deja de ser. No me refiero a que nos vuelvan a hacer daño una y otra vez y «dejarnos pisotear», me refiero a tomar como modelo a Jesús, a ser capaces de perdonar y pedir perdón; y ser conscientes que si Jesús es nuestro referente, debemos pedirle que nos ayude a ser amadores incondicionalmente.
Te animo a que cuando termines de leer este artículo le agradezcas a Dios no tener que realizar ningún mérito para ganarnos Su amor (no nos alcanzaría la vida), agradécele Su gracia y Su disponibilidad full-time en nuestra vida. Y porque no también pedirle a Dios que nos ayude a ver e imitar ese amor. A veces sentimos que el otro no «merece» nuestro amor, la realidad es que nosotros tampoco nos merecemos el amor de Dios. Mostremos el amor de Dios al prójimo, un amor sin condición: el amor de Dios.
¡Hola! Soy Natalia Kaukian. Hija menor de un papá pastor y una mamá médica. Uno ayuda con las heridas físicas, el otro con las heridas espirituales. De ese combo nací yo, Nati de “@milla.extra”. Docente, casada con un músico, recientemente mamá y, por sobre todas las cosas, cristiana… cristiana por convicción.


















