Me resultan realmente apasionantes algunas preguntas y respuestas de la Biblia. Por ejemplo, cuando Jesús le dice: «¿Y a ti, qué?» a Pedro, haciendo referencia que se está metiendo de más en un asunto que no tiene por qué interesarle.
Hace unos días descubrí otra pregunta clave. Estamos estudiando Éxodo en la clase de escuela bíblica de mi iglesia. No es la primera vez que leo Éxodo y es ahí donde me sorprendo.
Pongámonos en contexto: Moisés acababa de liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto. De repente, un pueblo entero de cientos de personas se encuentran de frente al Mar Rojo y, por detrás, los perseguían los egipcios. ¡Estaban prácticamente acorralados! Los israelitas se ponen nerviosos y comienzan a cuestionar a Moisés, se quejan de su presente y hasta le reprochan haberlos sacado de la tierra donde estaban. Sí, eran esclavos, pero al parecer, guiados por la ansiedad y el temor, preferían volver a ser sometidos y violentados que estar en esa situación actual.
Moisés, presionado por el pueblo, sin saber qué hacer, mira al cielo y clama a Dios. Y acá viene la mejor parte (para mí): «¿Por qué clamas a mí? ¡Dile al pueblo que se ponga en marcha!» ¡Espectacular! ¡Realmente increíble y asombrosa respuesta!
No se tú, pero yo no me esperaba eso. Imagino a Dios diciendo: «¿Qué me miras a mí? ¿Qué esperas que te diga? ¡Ya sabes lo que tienes que hacer!» Y es así como, a veces, Dios nos mira y nos responde. Claro que no lo hace con un tono irónico, malvado, ni nada por el estilo, pero ¿cuántas veces hemos mirado al cielo, orado y le hemos preguntado a Dios cosas que sabemos la respuesta?
Necesitamos tantas confirmaciones para marchar que nos estancamos, nos acorralan las situaciones y esperamos una respuesta nueva. Dios ya le había dicho a Moisés que los libraría, claro que no sabía el cómo (totalmente inimaginable hablando humanamente). Todavía no habían llegado al mar, estaban a unos pasos de la orilla, pero sabían que tenían que marchar y, en el momento justo, Dios le volvería a dar las instrucciones. Las respuestas no vendrían cuando ellos quisieran, no cuando «las papas quemen» ni frente a las presiones. Sabían lo que Dios les había dicho, habían visto milagros y cosas extraordinarias, experimentado plagas, Dios los había salvado de la muerte de los primogénitos y seguramente más. Pero, aun así, buscaban respuestas para calmar sus ansias.
La gran mayoría de las veces, Dios no nos responde lo que queremos y cuando queremos, porque ya lo hizo. Él ya nos dio la orden, sabemos lo que tenemos que hacer. Leemos la Biblia y estamos en constante crecimiento espiritual, pero… seguimos mirando al cielo y esperando que pase «otra cosa».
Siempre me enseñaron que hay que orar antes de todo, orar y esperar la respuesta de Dios, el aval del Señor. ¡Y está perfecto! Pero no podemos quedarnos esperando cuando Dios en Su palabra ya ha hablado. El Señor puede estar mirándote y diciendo: «¿Por qué clamas a mí? ¡Ponte en marcha!»
¡Hola! Soy Natalia Kaukian. Hija menor de un papá pastor y una mamá médica. Uno ayuda con las heridas físicas, el otro con las heridas espirituales. De ese combo nací yo, Nati de “@milla.extra”. Docente, casada con un músico, recientemente mamá y, por sobre todas las cosas, cristiana… cristiana por convicción.


















