Hace un tiempo, uno de los jóvenes de mi congregación comenzó su reflexión escribiendo en el pizarrón «los tiempos de Dios». Supuse que se venía la típica predica de que Dios obra en el momento perfecto y justo y que Dios es soberano para actuar en nuestras vidas a su tiempo y no a los nuestros. Esa teoría ya la sabía, aunque, claramente, que muchas veces me cuesta aplicarla.
Pero este chico fue mas allá de eso, su siguiente afirmación fue: «No solo los tiempos de Dios son perfectos para mí, sino para los demás», y con esa frase me quedé pensando.
Muchas veces sentí que alguien a quien le había compartido el evangelio no me escuchó —o no quiso hacerlo— y que debía volver a intentarlo. Muchas veces oro por cuestiones de otras personas que no se resuelven, el tiempo pasa y siguen iguales.
Tengo un pedido de oración que hace años no tiene una respuesta visible, y a mis ojos sigue todo igual. Yo sigo orando aunque, a veces, deje de hacerlo y después retome.
Él siguió su reflexión contando su propio testimonio y contando que tiene un amigo que después de mucho tiempo de vivir en situación de calle, hoy tiene un trabajo y concurre a una iglesia. Y, citando muchos ejemplos de Jesús, culminó diciendo algo así como: «No te rindas con el prójimo, aunque no veas resultados».
Muchas veces nos dan ganas de rendirnos; oramos por el otro, somos insistentes con los mensajes y con invitarlos a la iglesia, pero cada uno tiene sus tiempos. Dios actúa a sus tiempos con cada uno. Si apuntamos a ser como Jesús, este debe ser nuestro ejemplo a seguir: hablarle a los demás y darles el tiempo que necesiten para que Dios obre en ellos. Claro que nuestra ansiedad —y más en estos tiempos— nos consume y queremos todo ya. Pero no, Dios no es así, Dios tiene el tiempo perfecto para cada uno.
No te rindas con tu amigo que parece que quiere alejarse cada vez que está mal, no te rindas con un hermano que busca pelea, no te rindas con tus padres que no se hablan. ¡No te rindas! Somos familia, una familia a la que une el amor de Dios y ese amor es paciente.
A veces, deberás alejarte para que el otro tome decisiones. A veces, no tendrás ganas de orar porque te da bronca, o tristeza, o quieres «tirar la toalla» porque ya «hiciste demasiado» y la otra persona no lo ve; solo toma un descanso, pero no te rindas. Mantén a las personas presentes, anota sus nombres en un papelito como recordatorio. Molesta a Dios (no lo digo de forma literal, Él jamás se cansaría de nosotros) e insístele con esa persona, y sé «una molestia» para esa persona (en la medida que se deje): escríbele, invítala a tomar algo, tenla en cuenta.
Jesús se acercó a las prostitutas, cenó con ladrones, buscó a los enfermos… seamos más como Jesús. No soltemos la mano del prójimo cuando se equivoca, no lo juzguemos solo porque peca de forma diferente a nosotros. Seamos familia. Que puedan encontrarte cuando lo necesiten. Que puedan encontrar a Jesús en vos cuando lo necesiten.
¡Hola! Soy Natalia Kaukian. Hija menor de un papá pastor y una mamá médica. Uno ayuda con las heridas físicas, el otro con las heridas espirituales. De ese combo nací yo, Nati de “@milla.extra”. Docente, casada con un músico, recientemente mamá y, por sobre todas las cosas, cristiana… cristiana por convicción.


















