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Cuando el problema nubla la perspectiva divina

En un grupo de oración, nos dieron la tarea de reflexionar sobre nuestra vida, desde nuestra propia perspectiva y luego la perspectiva divina. Y logré darme cuenta de que, muchas veces, no somos capaces de ver a Dios porque estamos viendo el problema como centro de todo. Pero para poder llegar a la conclusión de la tarea y también guiarme hacia la misma, opté obviamente por ir a la Palabra. Y encontré la historia perfecta, la historia de José.

Para entender bien de qué se trata, hay que leer desde el capítulo 37 hasta el 50, pero poniéndolos en contexto en esta parte del relato —luego de varios vaivenes— José revela su identidad a sus hermanos:

«No obstante, José insistió: —¡Acérquense! Cuando ellos se acercaron, él añadió: —Yo soy José, el hermano de ustedes, a quien vendieron a Egipto. Pero ahora, por favor no se aflijan más ni se reprochen el haberme vendido, pues en realidad fue Dios quien me mandó delante de ustedes para salvar vidas. Desde hace dos años la región está sufriendo de hambre y todavía faltan cinco años más en que no habrá siembras ni cosechas. Por eso Dios me envió delante de ustedes: para salvarles la vida de manera extraordinaria y de ese modo asegurarles descendencia sobre la tierra. Fue Dios quien me envió aquí, no ustedes. Él me ha puesto como asesor del faraón y administrador de su casa, y como gobernador de todo Egipto» — Génesis 45:4-8.

Muchas veces, contamos, creemos y declaramos cosas de nosotros mismos basados únicamente en lo que vemos con ojos naturales y desde nuestra propia justicia. Pero necesitamos darnos cuenta de que, más allá de todo, Dios tiene un plan con nosotros, y se glorifica incluso en lo más pequeño.

En mi caso, cuando era pequeña, la pasé mal en cuestiones familiares: todo era conflicto. A medida que fui creciendo, vi cómo, poco a poco, mi familia fue perdiendo lo que alguna vez tuvo. No alcanzaron lo que podrían haber alcanzado, y muchos fracasaron. Sin embargo, hoy entiendo que Dios permitió todo eso por dos razones.

Primero que nada, los humanos tenemos libre albedrío, por lo tanto, Dios puede estar llamándonos todo el tiempo, pero si nosotros no nos acercamos, quedamos a la deriva del enemigo.

En segundo lugar, ya que mi familia no cumplió con el propósito divino, Dios tenía un plan con nosotros, los hijos y los nietos. Somos la punta de lanza para recuperar lo que se descuidó. Y es tanto el peso del propósito y tanto lo que vimos que se perdió, que no nos imaginamos una vida lejos de Dios. Tenemos una gran responsabilidad y hambre por los planes eternos que no se nos cruza la idea de abandonar. Claro que Dios no se olvidó de los demás; de a poco están volviendo. Pero mientras tanto, nosotros estamos en la brecha.

Volviendo a José, él no reprochó a sus hermanos ni buscó hacerlos sentir culpables por lo que le habían hecho. Bien podría haber dicho: «Aunque ustedes me hicieron sufrir mucho y yo tuve que pasar castigos, injurias y años de esclavitud por su culpa, ahora, gracias a Dios, estoy donde Él quería. Los perdono, porque al final soy mejor que ustedes». Y sería comprensible. Pero, en lugar de eso, puso el foco en las maravillas que hizo Dios, y en que todo lo que pasó fue necesario para cumplir el propósito.

Lo más llamativo es que, mientras uno va leyendo toda la historia, en repetidas veces se menciona que «José lloró». Esto nos da a entender que era una persona muy emocional. Y qué difícil es, para quienes somos emocionales, cambiar nuestra perspectiva por la de Dios y tener una visión más amplia. Dejar de enfocarnos en el problema en sí, y empezar a ver el escenario que Dios está preparando. Soltar la preocupación, y por ende, aumentar nuestra fe.

La madurez emocional y espiritual se refleja en cómo vemos a Dios en nuestra vida, y en nuestra identidad como hijos. Ahora la pregunta es: ¿Cómo ves tu historia desde la perspectiva divina?

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