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Dejando atrás la esclavitud de la queja

La queja no nos permite ver los recursos que tenemos en el presente, lo que sí poseemos, nos ciega y hace que nuestro enfoque esté en lo que creemos que nos hace falta. Esto les sucedió a los israelitas que se quejaron contra Dios en el desierto.

«Aquella noche todos los israelitas empezaron a gritar y a llorar.  Se quejaban contra Moisés y Aarón, y decían: ‘¡Ojalá nos hubiéramos muerto en Egipto, o en este desierto!  ¿Para qué nos trajo Dios a este territorio?’ […] Entonces Moisés y Aarón se tiraron de cara al suelo delante de los israelitas.  También se rasgaron la ropa en señal de dolor Josué y Caleb, que eran dos de los que habían ido a explorar el país. Les dijeron a todos los israelitas: ‘El territorio que vimos es bastante bueno;  allí siempre habrá abundancia de alimentos. Dios nos ama; nos ayudará a entrar en él y nos lo dará.  Lo importante es que no se rebelen contra Dios ni tengan miedo de la gente que vive en ese territorio. Será muy fácil vencerlos, porque ellos no tienen quién los cuide. Nosotros, en cambio, contamos con la ayuda de nuestro Dios. ¡No tengan miedo!’» (Números 14:1-10, TLA).

El pueblo de Dios se quejó, lloró, murmuró, deseó volver a vivir en esclavitud e incluso morir. Seguramente, el desierto no era el lugar más apropiado para estar, pero era necesario atravesarlo para llegar a la tierra prometida. Esta travesía era un camino de 11 días, pero ¿qué pasó? El pueblo elegido por Dios estuvo ¡40 años! El problema no era Moisés ni Aarón, el problema no era el sol, el frío, la ropa, el alimento o el agua, porque aun en ese espacio Dios siempre manifestó su poder supliendo cada una de sus necesidades de formas sobrenaturales. El problema era la mentalidad del pueblo. Estaban tan cegados y abrumados que no podían valorar la provisión de Dios. Sus cuerpos habían salido de Egipto, pero su mentalidad seguía en la cautividad. Estaban tan acostumbrados a ser esclavos que no podían ver que el desierto era parte de su libertad. Lo mejor estaba por delante, la tierra que fluye leche y miel, el lugar donde se iban a establecer y crecer.

Pero no todos pensaban igual, había dos que eran diferentes, Josué y Caleb, ellos podían ver más allá, creían que el mismo Dios que les estaba supliendo absolutamente todo en el desierto, les iba a dar las fuerzas para conquistar y tomar la tierra que les había prometido. Ellos tenían fe, ánimo y veían esperanzas aun en el desierto.

¿Qué sucedió? Tuvo que morir esa generación, excepto Josué y Caleb, para que se levante otra con una mentalidad renovada (Números 26:65). Con esto no quiero decir que debamos morir, literalmente, porque no hay otra solución, sino que debemos hacer morir la mentalidad que nos está limitando e impidiendo avanzar y conquistar lo que Dios desea para cada uno de nosotros. La mentalidad que nos mantiene esclavos. Debemos dejar de lamentarnos por todo lo que nos falta o no hemos alcanzado aún y poner en nuestra boca un cántico nuevo, de gozo, de alegría y de contentamiento al Dios que nunca nos abandonará (Filipenses 4:6-7).

La queja es estar disgustados por todo, desconformes, con resentimiento.
La queja nos mantiene siempre en un mismo lugar.
La queja trae pérdida.
La queja solo retrasa las bendiciones que están destinadas para nuestras vidas.
La queja no nos deja ver un futuro con esperanza.

Trabajemos en eliminar la queja, el enojo y la frustración, esforcémonos, con la ayuda del Espíritu Santo, para avanzar agradecidos en el camino de la vida e ir tras los sueños de Dios. El desierto es un lugar de paso y para atravesarlo necesitamos depositar nuestra fe y confianza en nuestro Creador. Él permanecerá a nuestro lado, como lo hizo con el pueblo de Israel para proveernos todas nuestras necesidades. ¿Podremos verlo? ¿Podremos agradecer porque Dios ya nos ha dado la victoria sobre nuestros enemigos?

Del otro lado del desierto está la Tierra Prometida lista para que la conquistemos, pero debemos sostener la fe y la gratitud en nuestro paso por el desierto.

Autora: Ruth Castro

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