Todos tenemos un diálogo interno con nuestra alma, una reflexión interna que nos permite llegar a ciertas conclusiones. Aunque somos seres espirituales, tenemos un alma donde se producen grandes batallas. Nuestra alma está compuesta de mente, emociones y voluntad. Dios nos llamó a ser dirigidos por el espíritu y no por nuestra alma, por nuestros estados emocionales.
En la Biblia encontramos un versículo que expresa las luchas internas que afrontamos cuando nos toca atravesar momentos difíciles o de tribulación.
«¿Por qué estás tan abatida, alma mía? ¿Por qué estás tan angustiada? En Dios pondré mi esperanza y lo seguiré alabando. ¡Él es mi salvación y mi Dios!» (Salmos 42:5, NVI).
Quién de nosotros no se preguntó en algún momento: ¿Por qué estoy tan desanimado, afligido, decaído? ¿Por qué tengo tanta incertidumbre? ¿Por qué no puedo dejar de pensar acerca de situaciones pasadas que me llenan de cargas y me generan más angustia? ¿Por qué me siento confundido? Las emociones son parte de nuestra vida y, como seres humanos, tenemos que aprender a llevar todo eso que pensamos y sentimos a los pies del Señor. Buscar Su rostro es el mejor remedio en los días malos. Todas las respuestas siempre están en Dios y no fuera de Él.
En este pasaje, el salmista habla a su alma quebrantada: ¿Por qué estás tan desanimada? Pero al mismo tiempo toma una decisión deliberada sobre eso que está sintiendo y experimentando, y se recuerda a sí mismo: «Pase lo que pase, suceda lo que suceda, seguiré depositando mi esperanza en Dios». La fe y la esperanza siempre serán la llave para vivir en victoria.
En momentos de batallas internas tenemos un Dios que es capaz de rescatar, sostener y levantar al caído. El Señor puede reordenar cada parte de nuestra vida. Pero debemos tomar la decisión de continuar enfocándonos en aquel que es capaz de salvarnos de nosotros mismos. Abramos nuestro corazón para que Su verdad nos atraviese. La Palabra es la verdad que nos hará realmente libres de cualquier condición. «—Si se mantienen fieles a mis palabras, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:31-32, NVI). Cuando nos sentimos vulnerables es cuando más nos debemos acercar a Dios. Él siempre está cercano. Él siempre está a la espera de sus hijos.
Nuestra única esperanza está en el Padre Celestial. Él siempre será un refugio seguro ante cualquier tormenta.
«Cuánto te amo, Señor, ¡fuerza mía! El Señor es mi roca, mi amparo, mi libertador; es mi Dios, la roca en que me refugio. Es mi escudo, el poder que me salva, ¡mi más alto escondite!» (Salmos 18:1-2, NVI).
Por Ruth Castro
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