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Egipto en la mente: dejando atrás lo que te detiene hacia tu destino

Cuando el pueblo de Israel fue liberado de Egipto, tuvo que cruzar el desierto hasta llegar a la tierra que Dios le había prometido. Si bien, no fue un camino fácil, este pueblo siempre contó con la ayuda de Dios. En la Biblia leemos que de día una nube les indicaba el camino a seguir, y de noche, una columna de fuego los iluminaba (Éxodo 13:17-22). También vemos que cuando tuvieron sed, brotó agua de una roca (Éxodo 17) y, no nos podemos de olvidar, el maná que caía del cielo como alimento (Éxodo 16). Sin embargo, a pesar de tantas señales y milagros, el pueblo de Dios, una y otra vez, demostraba ingratitud, desconfianza y rebeldía. Murmurando contra sus líderes, Moisés y Aarón, y contra Dios. El pueblo de Israel había salido de Egipto físicamente, pero su mente seguía esclava. No importaba lo sobrenatural que sucediese a su alrededor, ellos llevaban a Egipto donde iban.

«Antes murmuraron en sus tiendas, y no oyeron la voz de Jehová». (Salmos 106:25-27, RVR1960).

Murmurar significa «hablar entre dientes, manifestando queja o disgusto por algo» (RAE). Esto es lo que hacían. Nunca estaban conformes, eran desobedientes, eran desagradecidos y, por sobre todas las cosas, su fe no estaba puesta en Dios. Estas actitudes llevaron a que Dios permitiera que muera toda una generación que Él mismo llamó incrédula, una generación que nunca entraría a la Tierra Prometida, para darle lugar a una nueva generación [personas capaces de pensar diferente] que crean y que avancen para conquistar su destino (Números 32:12-14). La Tierra Prometida era un lugar de abundancia, pero para avanzar hacia ella tendrían que tener una mente renovada. Otros pensamientos, otras actitudes, otro tipo de confesiones y por sobre todas las cosas, ¡fe!

¿Estamos viendo con los ojos de la fe o estamos hundidos en la queja y la incredulidad? La fe es la llave para avanzar, la queja, lo único que hace es que siempre estemos dando vueltas por un mismo camino sin llegar a ningún destino. Quizás, hoy nos encontramos en un desierto, un camino hostil y árido, naturalmente difícil de transitar, pero no perdamos la fe ante lo que ven nuestros ojos, porque Dios estará ahí para librarnos y ayudarnos a vencer. «Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová». (Salmos 34:19, RVR1960). Nuestro Dios actuará trayendo la provisión necesaria para el tiempo en el que nos encontramos. Cada temporada tiene una necesidad y una provisión específica.

El desierto no es el destino final, sino el camino que nos conducirá hacia nuestra Tierra Prometida. No seamos como esa generación que fue incrédula, no murmuremos contra Dios diciendo: «no estoy donde debería estar», «no tengo lo que me gustaría tener», «¿dónde estás, Dios?», «Dios no me escuchas», etc. Por el contrario, tomemos la decisión [porque es nuestra decisión] de desarraigar la queja y la murmuración. En el desierto vamos a experimentar momentos de incomodidad, insatisfacción y frustración, pero desarrollemos un corazón agradecido y receptivo para oír al Señor. Dios sigue hablando en el desierto. Tener un corazón con gratitud no significa que estamos «felices» por atravesar ese momento, ¿quién en su sano juicio lo estaría? Sino que tomar esta actitud contribuye a que podamos desarrollar una vida de obediencia [aprendiendo a vivir y sostener la fe hasta el final] y nos ayuda a comprender que el desierto es parte del camino y que aún allí el amor y la misericordia de Dios estarán presentes.

No podemos avanzar hacia lo nuevo que Dios quiere hacer en nosotros si seguimos con una mentalidad de esclavos. Egipto debe quedar atrás, pero nosotros decidimos cuándo. Es nuestra responsabilidad transformar, por medio de la Palabra de Dios, la manera en que pensamos para ir conquistando cada obstáculo que se presente. La vida con Cristo se trata de conquistas diarias, porque la fe ve más allá. Ve la victoria obtenida en la cruz. Ve el milagro y la provisión aún en el desierto. Ve a Dios moverse en los momentos más oscuros y difíciles. La fe avanza, nunca se detiene, y da pelea a las batallas de la vida, creyendo que llegará el cumplimiento de cada promesa.

Por Ruth Castro

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