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El camino necesario hacia la voluntad de Dios

En la vida de cada hijo e hija de Dios hay un camino, un tiempo de espera, hasta llegar a poder ver materializada cada promesa dada por el Señor. Si miramos de forma macro la vida de David, podemos ver que desde que fue ungido hasta que se convirtió en rey tuvo que transitar un largo camino.

Para su familia, David era sencillamente un pastor de ovejas. Pero todo cambió cuando el rey Saúl peca y Dios decide levantar un nuevo rey. Samuel es el elegido para esta misión. El Señor le dice a su enviado que no se deje impresionar solo por una apariencia fornida ni por una gran estatura, sino que ahora Dios enfatiza que hay algo más importante y es el corazón de este nuevo rey.

La historia dice que, uno a uno, los hijos de Isaí pasaron por delante de Samuel, pero ninguno de esos siete es el elegido. Samuel, un poco confundido, le hace una pregunta a Isaí: «¿Son estos todos tus hijos?» Entonces, Isaí menciona a su hijo menor, que está cuidando el rebaño en el campo. A simple vista, podemos decir que no lo habían tenido en cuenta ni para presentarlo delante del profeta, ¿será que para su familia «no calificaba»? Cuando el joven David se presenta, el Señor le dice a Samuel: «Este es». Inmediatamente lo unge y, a partir de aquel momento, el Espíritu del Señor se apoderó del joven pastor.

«Este es; levántate y úngelo. Samuel tomó el cuerno de aceite y ungió al joven en presencia de sus hermanos. Entonces el Espíritu del SEÑOR vino con poder sobre David, y desde ese día estuvo con él. Luego Samuel regresó a Ramá» (1° Samuel 16:12-13, NVI).

Pero no todo es celebración, porque David vuelve al campo a seguir haciendo lo que estaba haciendo. Allí no había corona ni aplausos, solo ovejas. ¿Acaso eso era todo? No. David en ese lugar profundiza su relación con Dios y empieza a formar aún más su corazón. Muchas veces Dios nos llama a hacer algo, tenemos las habilidades y el talento, pero hay un camino que recorrer, un proceso que atravesar hasta lograr ver algo de todo aquello que nos prometió. Una etapa donde solo tenemos fe en una promesa dada por el Señor.

Luego, la historia cuenta que este joven futuro rey es convocado para tocar el arpa para el rey Saúl, su música lograba calmar y aliviar a este rey atormentado. Después llega el momento de ser reconocido por enfrentar y vencer al gigante y amenazante Goliat con tan solo unas piedras; ese momento lo posiciona como un héroe ante el pueblo de Israel, pero también despierta los celos del rey Saúl, que intenta matarlo repetidas veces. David se convierte en un fugitivo, caminando por el desierto y escondiéndose en cuevas. Aunque aún no había ocupado el trono, continuaba desarrollando ese corazón de rey.

Cuando tuvo la oportunidad de matar a Saúl, decide no hacerlo por temor al Señor (1° Samuel 24:6). David tenía una promesa que todavía no se había materializado por completo; sin embargo, siempre mantuvo un corazón íntegro y verdadero para con Dios. Durante esos años que estuvo errante, logra formar un ejército con un grupo de hombres, aprende a liderar en medio de todo tipo de adversidades y a depender de Dios por completo. Todavía no era rey, pero ese era el camino que tenía que atravesar. David no era perfecto, pero tenía un corazón conforme al corazón de Dios. Porque buscaba Su dirección continuamente, lo obedecía y también se arrepentía cuando era necesario. El Señor busca que le entreguemos nuestro corazón.

Finalmente, y tras la muerte del rey Saúl, David es levantado y reconocido como el nuevo rey en todo Israel (2° Samuel 5:3). El Padre nos ama en nuestros procesos, porque ellos nos están formando para sostener nuestro llamado. Si estamos atravesando un tiempo de espera aparentemente largo desde nuestro punto de vista, recordemos la vida de David, que nunca dejó de creer que quien lo había ungido era capaz de cumplir lo prometido. Su vida demostró dependencia y humildad para con Dios todo el tiempo.

«Tras destituir a Saúl, puso por rey a David, de quien dio este testimonio: ‘He encontrado en David, hijo de Isaí, un hombre conforme a mi corazón; él hará todo lo que yo quiera’» (Hechos 13:22, NVI).

Este pasaje finaliza diciendo que David agradaba a Dios porque estaba dispuesto a hacer todo lo que Dios quería que hiciera. ¿Estaremos dispuestos a hacer todo lo que Padre nos pida para alcanzar su divina voluntad, aunque el camino se vea difícil? ¿Estaremos dispuestos a permanecer, aunque el proceso nos parezca largo?

Por Ruth Castro

 

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