¿Sabías que las mujeres utilizan una media de 20.000 palabras al día, en comparación con las meras 7.000 que los hombres pronuncian? La diferencia es abismal y cuando realmente me puse a pensar en esto, reflexioné bastante. No quiero hacer una distinción por género, aclaro que estoy generalizando sabiendo que, como en todo, siempre hay excepciones a la regla.
Las mujeres cuando nos juntamos (en mi caso personal con amigas o familia), nos juntamos a comer, a tomar mates y a CHARLAR, HABLAR, CONTARNOS COSAS, y muy rara vez a jugar o mirar pelis… en cambio, en la mayoría de los casos, los hombres (tomando como referencia a mi marido o cuñados, padre, amigos, etc.) son más lúdicos, se juntan a jugar al fútbol, al paddle, a los videojuegos… claro que también salen a comer o a tomar algo y charlan, pero como mencioné al principio, las mujeres claramente tenemos más necesidades de utilizar palabras que los hombres; hablamos, nos contamos cosas, reflexionamos, aconsejamos aunque no nos pidan consejo, preguntamos, etc. y etc.
Esta semana me tocó leer Proverbios 18:21, que dice: «La muerte y la vida están en el poder de la lengua, y los que gustan usarla comerán de su fruto», y pegado a este versículo estaba Santiago 1:19: «…Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar…». Y me quedé pensando en el poder que tiene nuestra lengua, vida o muerte… ¿¡TANTO!? Si lo dice la Biblia, sí… creemos que es verdad. TANTO.
Todos estamos de acuerdo en que hay que pensar antes de hablar, ¿no? Personalmente, soy demasiado impulsiva a veces, no es que no piense antes de hablar, pero la lengua va mucho más rápida y me gana de mano, y muchas veces termino pidiendo disculpas por cosas que, si hubiese pensado un poco antes de decirlas, no las hubiese dicho o hubiese buscado el lugar y la forma más conveniente de hacerlo.
Santiago nos ejemplifica esto con un caballo, nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan y dirigimos así todo su cuerpo. Increíble como un órgano de nuestro cuerpo tan chiquitito es capaz de direccionarnos. Es por eso que debemos tener cuidado con lo que decimos.
«Ningún hombre puede domar la lengua que es un mal que no puede ser frenado, llena de veneno mortal», sigue diciendo Santiago. ¿Podremos dominarnos a nosotros mismos? ¿Podremos escuchar al prójimo para entender y no para responder?
Hoy quiero desafiarte a que, como yo, comiences a controlar tu lengua. No es fácil, a veces nos gana, lo sé mejor que nadie, pero creo que se puede con la ayuda de Dios, teniendo dominio propio y siendo conscientes que las palabras que decimos son de vida o de muerte. De a poco, podremos ser prudentes y sabios a la hora de hablar. En un mundo donde todos opinan de todo y no hay filtros para decir las cosas, ser diferentes en eso también es un verdadero desafío.
¡Hola! Soy Natalia Kaukian. Hija menor de un papá pastor y una mamá médica. Uno ayuda con las heridas físicas, el otro con las heridas espirituales. De ese combo nací yo, Nati de “@milla.extra”. Docente, casada con un músico, recientemente mamá y, por sobre todas las cosas, cristiana… cristiana por convicción.


















