Tengo la costumbre de idearme los artículos en acciones o vivencias random de la vida cotidiana, así que acá les vengo a contar la última del sexto mes del año.
Pleno junio en Rosario, Argentina: Un frío elevado (con mucha humedad), de esos que si no te colocas muchos abrigos, quedas petrificado en el asfalto. Y ni hablar de levantarse a las 6 de la mañana con la esperanza de que el sol de las 8 abrigue un poco, pero no.
En fin, mientras caminaba por la vereda y tomaba un té muy caliente, observo a personas hacer ejercicio con mucha transpiración a la vista y a otras haciendo fila en los bancos, pero moviéndose de acá para allá para entrar en calor. Entonces a mi cerebro se le ocurrió sacar un recuerdo de un familiar que alguna vez me dijo: «Antes, para no pasar frío, nos daban una tapita de whisky (una pequeña medida) antes de ir a la escuela. Entonces, luego de tener que quejarnos por tal asqueroso sabor, nos dábamos cuenta de que funcionaba por lo menos hasta llegar a la escuela». Un método poco convencional pero rápido, a diferencia que el hecho de ponerse a correr que demanda un poco más de tiempo y esfuerzo físico.
La cuestión es, y era lo que se me vino a la cabeza después de toda esa mezcla de recuerdos y observaciones, que para no enfriarte (sacando la cantidad de ropa que pueda llevar), tienes dos opciones: O vas a lo que conlleva más esfuerzo pero con el pasar del tiempo genera su propio calor y te mantiene activo, o tomas algo que le haga producir una sensación de calor corporal, lo cual no tarda mucho. Ahora, uno puede tomarse un té, o un trago de una bebida alcohólica, depende del tiempo que quiera que tarde en hacer efecto y lo que pueda aguantar su garganta. Y esto lo llevaba a un ejemplo de la vida misma y también de experiencia personal en el cual me voy a explayar un poco más.
La vida del cristiano tiene que ser una vida dinámica, así como el Espíritu Santo es dinámico. El andar diario conlleva más que ir a la iglesia los domingos o «portarse bien». Es llevar una relación con Dios todos los días, depender de su voluntad y dejar que Él vaya transformando la mente constantemente. Pero tampoco hay que olvidarnos de los procesos, que dicho sea de paso, ya le hemos hablado en otro artículo llamado «¿Por qué son tan necesarios los procesos en nuestra vida?». La cuestión es que, cuando uno transita la vida y los procesos de forma dinámica, ya tiene cierto «calor». Cualquier proceso que parezca duro, al tener entendimiento, entrenamiento y dependencia con Dios, no se vuelve tan difícil. Pero, ¿qué pasa cuando uno se enfrió? Cuando de a poco dejó de caminar y se quedó estático en algún proceso. O cuando todo iba tan bien que no se percató de que aún en las buenas también se lo busca a Dios.
En esa clase de momentos de la vida, es donde digo: Se necesita un trago fuerte Divino. ¿Cómo sería eso? De tanto que se quedó quieto, se enfrió, pero Dios lo va a movilizar tanto que no le va a quedar otra que seguir caminando. La cuestión es: O eliges seguir adelante caminando por decisión propia, o Dios te da un trago tan amargo y tan fuerte que entras en calor enseguida. También, a parte de tomar la decisión, hay que tomar autoridad. Ejercer esa autoridad que Dios nos dio.
«Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Estos no nacieron de sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón, sino de Dios». (Juan 1:12-13 RVR95).
Yo siempre fui de esperar hasta el último momento de angustia para que Dios salga a mi rescate. Hasta que llegó un momento en que me dio un trago amargo en donde tenía que tomar una decisión: O cambiaba mi mentalidad fría y dejaba de aislarme, o perdía y arruinaba todo lo que Dios me había dado. «¿Dónde estás Alina? Que no te veo. Te busco y no te encuentro», era la frase que Él me dijo.
Ahora, ¿Dios era cruel por darme ese «trago»? Para nada. La consecuencia del enfriamiento por el cual estaba pasando iba a terminar destruyéndome más de lo que pensaba. Tal vez tuve la «bendición» de tener ese tipo de confrontación, porque algunos que han pasado por cosas más difíciles no les fue tan llevadero. La cuestión es que la decisión que uno tome transforma el propósito Divino para bien o para mal. Porque de tomar un té a un whisky hay una diferencia grande. El problema también está en que si te acostumbras a tomar tanto trago amargo y fuerte, termina detonado de la cabeza, y en cuanto a lo espiritual, desgastado.
Cuesta mucho levantarse después de estar tan inmerso en uno mismo, en sus problemas, en la falta de esperanza, y peor: la resignación. Estos dos últimos son algo que siempre me detuvieron en medio de los procesos. Ese pensamiento de que nunca va a ser suficiente lo que uno hace porque al final todo sale mal. O el miedo constante de tratar de lograr algo para que luego el cerebro te diga: «Era obvio que esto iba a pasar». Pero hay un concepto que se me fue aclarando con el pasar del tiempo y es: Satanás no se va a enfocar en lo que no le resulta un peligro. Va a ir directamente a lo que puede llegar a traer problemas.
Así que, si estás atravesando o ya pasaste por procesos duros, o si estás en ese momento en que Dios te está haciendo tomar un «whisky Divino», bienvenido. El diablo te tiene miedo y Dios te necesita caminando y con vida.
«No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». (Filipenses 4:11-13 NVI).


Redacción en Reactivoz | Estudiante de medicina | Fan de Marvel.


















