Vivimos en una época donde el entretenimiento dejó de ser simplemente entretenimiento. Series, películas, música y plataformas de streaming no solo cuentan historias; también transmiten valores, ideologías y visiones del mundo que, muchas veces, se presentan como normales, necesarias o incuestionables.


Hace un tiempo, a partir de la popular serie Stranger Things, extraje una enseñanza usando la analogía del Upside Down —esa «otra dimensión»— como una imagen espiritual de la doble vida que muchos cristianos pueden llegar a vivir: una visible, correcta, y otra oculta, marcada por concesiones, pecado o distancia de Dios.
Esa reflexión se convirtió primero en una prédica y luego en un artículo publicado en Reactivoz. La intención nunca fue exaltar la serie, sino utilizar un elemento cultural para hablar de una verdad espiritual más profunda. Si quieres leer ese artículo o escuchar el podcast, te dejo los enlaces aquí:
Artículo: ¿Y si el Upside Down de Stranger Things fuera real?
Prédica: Upside Down en formato podcast
Hoy, con esa serie ya en su temporada final, el punto no es la historia ni sus personajes, sino el contexto cultural más amplio en el que se mueve el contenido que consumimos. Plataformas como Netflix, Disney y muchas otras, han venido impulsando de manera constante narrativas alineadas con una agenda progresista, donde ciertos estilos de vida, ideologías y valores morales se presentan como verdades absolutas, repetidas una y otra vez hasta volverse incuestionables.
El problema no es que estos contenidos existan, el problema es consumirlos sin discernimiento.
Como cristianos, no estamos llamados a vivir una doble vida: una espiritual los domingos y otra cultural el resto de la semana. Tampoco a aparentar una cosa mientras dejamos que, en privado, cualquier mensaje moldee nuestra manera de pensar, sentir y decidir. La fe no se pierde de golpe, se diluye lentamente cuando dejamos de filtrar lo que entra al corazón.
Esto no significa apagar el pensamiento crítico, ni vivir con miedo, ni rechazar todo lo que proviene del mundo secular. Significa formar criterio. Poder ver, escuchar y analizar sin permitir que el contenido nos arrastre, nos contamine o nos lleve a normalizar aquello que contradice nuestra fe.


Por eso, más que hablar de una serie o una plataforma en particular, esta reflexión apunta a algo más profundo: aprender a ver sin contaminarnos, a consumir cultura sin perder convicciones y a vivir una fe auténtica, no una fe acomodada a lo que la época considera aceptable.
Si te gusta conectar la fe con el arte y la música, recuerda: la música y el arte importan, y también puede ser un puente para acercarnos a Dios cuando todo pasa por el filtro correcto. Consumir contenido no es pecado. Perder el discernimiento sí es un riesgo.


Comunicador & pastor de jóvenes.
Fe, cultura y vida real
Historias, mensajes y contenido con propósito


















