En el año 2001, los Los Angeles Lakers acababan de coronarse campeones de la NBA. Kobe Bryant, en la cima del mundo, sostenía el trofeo Larry O’Brien. Pero la imagen que quedó en la historia fue otra: la de un joven sentado solo en el camerino, mirando al vacío, abrazando su trofeo con una mezcla de tristeza y cansancio. Años después confesaría: «Era por mi padre».


Y es cierto: el éxito puede llenar tus manos, pero no siempre tu corazón. A veces pensamos: «Cuando logre eso, seré feliz». Cuando llegue el reconocimiento, el puesto, la relación, el aplauso. Pero llegamos, y algo sigue faltando. Porque los trofeos no sanan heridas, ni los aplausos restauran el alma.
Como el caso de Kobe, hay muchos otros. Figuras exitosas, admiradas, con millones y mucha abundancia, que al llegar a la cima descubren que no hay más arriba, solo un profundo vacío. Algunos terminan hundidos en depresión, excesos y mucha soledad, buscando llenar algo que ni la fama, ni el dinero, ni los logros pueden suplir.
El Apóstol Pablo también tuvo su versión de éxito: logros, reconocimiento, posición. Pero un día entendió que todo eso sin Cristo no valía nada: «Pero, gracias a lo que Cristo hizo por mí, ahora pienso que no vale la pena lo que antes consideré de valor. Todo eso lo he dejado a un lado, y lo considero basura, con tal de llegar a conocer bien a Cristo, pues no hay mejor conocimiento» – Filipenses 3:7-9 (TLA).


Tal vez hoy no tienes un trofeo en las manos, pero sí un vacío que no sabes cómo llenar. Y la lección detrás de esa foto de Kobe es clara: puedes tenerlo todo y aún sentirte incompleto.
El verdadero éxito no está en llegar a la cima, sino en encontrar a Cristo en el camino. Y es que soñar y anhelar grandes logros no está mal, al contrario. Porque cuando Él está, en las victorias hay una verdadera plenitud, pero incluso en las derrotas hay propósito.
En Él puedes alcanzar tus mayores deseos y logros, pero todo esto servirá para darle la gloria a Él, no para un logro vacío o un mérito personal. Solo ahí el éxito deja de ser momentáneo… y se convierte en eterno.


Comunicador & pastor de jóvenes.
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