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La parábola del cajón de manzanas

Hace algunos años atrás, hablando con una amiga de otra iglesia, me contó una situación que me llamó la atención y no de tan buena manera. Esta era la siguiente: Un joven de la congregación había tenido un problema personal que requería asistencia pastoral. En una charla de este joven junto su mamá y su líder, este último le deja en claro lo siguiente: Él era como una manzana podrida. Y que al estar en contacto con los demás iba a terminar pudriendo el cajón (la iglesia). Básicamente: «Vete, no me des problemas». Y hasta el día de hoy, eso me llama la atención, pero trataré de darle una vuelta interesante.

El proceso de putrefacción es algo progresivo. Una cosa es si tiene una pequeña abolladura, pero cuando eso se deja pasar y no se saca, empiezan a entrar microorganismos para descomponer. Uno cree que si hay, en este caso una manzana, un lado se está pudriendo, puede cortar la parte fea y comerse el resto. Pero lamentablemente no es así. Una vez que comenzó dicho proceso, solo resta con tirar el alimento, y ni hablar si este estaba contenido dentro de un recipiente. El ambiente mismo está contaminado, o por lo menos eso dice la bromatología. Ahora, eso es un proceso natural. El hongo no es creado por una fuerza mística que espera a que pase un poco de tiempo y sucede. La naturaleza misma actúa.

Ahora, ¿qué tiene que ver eso con el cajón de manzanas? Reflexionando sobre este tema, llegué a la conclusión de que todos somos como un cajón de manzanas. El cajón representa nuestro corazón y mente, y las manzanas son aquellas cosas que la integran como pensamientos, emociones (pasadas y actuales) y también marcas (buenas o malas). Es nuestra responsabilidad trabajar en las emociones, renovar la mente, despojarnos de lo malo y retener lo bueno, o como en esta parábola diría: Mantener las manzanas frescas. Pero, ¿qué pasa cuando un pequeño pensamiento malo se mantiene a través de tiempo? ¿Qué pasa cuando una abolladura, en este caso un golpe o marca, no es quitada/sanada a tiempo y se convierte en algo más profundo? Un ejemplo claro es el rencor o la amargura.

La amargura de algo injusto, de un sueño no cumplido, de una mala noticia o situación, de la falta de despojo o de la resignación continua. En griego, la palabra «amargura» significa: Punzante, específicamente veneno, perforar, amargo. Y esta definición es importante, porque de eso se trata cuando alguien está en amargura: Destila veneno.

Yo estuve muchos años con esa lucha y es algo que tengo que seguir trabajando. Es algo constante y detenerlo consta de una voluntad de cambio fuerte, y una obvia intervención del Espíritu Santo. Pero básicamente destilaba veneno, y si me faltaban razones, me las ideaba para tenerlas, ya sea recordando algo que me indignó o pensando en cosas que odiaba de la gente.

Esa era mi manzana podrida. Yo podía tener dones del espíritu, capacidades y talentos necesarios para edificar, pero todo era opacado por la amargura. El odio hacía un hermano de la fe que no me gustaba cómo pensaba o cómo hablaba. O como un grupo era liderado y yo no estaba de acuerdo. O peor, cuando Dios exalta o bendice a alguien que según mi punto de vista no se lo merecía. Y muchas veces, eso no viene solo. Con la amargura venía también la rebeldía, la maldad, la falta de perdón y todo eso le abría puertas a Satanás para actuar con lo que quisiese.

Dios quería usarme, pero al tener tan contaminado mi interior, lo que pudiera usar se iba a echar a perder por no sacar esa «manzana podrida».

Nadie está exento de tener algo sin resolver. Siempre tendremos luchas y aflicciones. El hecho de pensar que una vez que llegamos a Cristo o tenemos un encuentro fuerte con el Espíritu Santo (aún teniendo 30 manifestaciones sobrenaturales) ya estamos limpios, es un error muy común pero fatal en la vida del cristiano. La renovación y la vida espiritual tienen que ser todos los días. Proverbios 17:22 dice: «El corazón alegre es un buen remedio, pero el ánimo decaído seca los huesos».

Es real hasta un punto visible que cuando uno está en amargura, el semblante es otro. El cuerpo decae, no hay energía ni motivación. El sólo pensar en alegría parece irónico. A veces llega un punto donde aparecen los pensamientos obsesivos, otras la falta de memoria, distracciones o falta de buen criterio. «En la enfermedad, el ánimo levanta al enfermo; ¿Pero quién podrá levantar el ánimo abatido?», relata Proverbios 18:14.

Hay una respuesta, y esta se encuentra en Salmo 34:17-20: «Los justos claman, el Señor los oye y los libra de todas sus angustias. El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido. Muchas son las angustias del justo, pero el Señor lo librará de todas ellas; le protegerá todos los huesos y ni uno solo le quebrarán».

Lo interesante de esto, es que para que Dios obre, es necesario clamar, y eso consta de humillarse. El justo es el que a pesar de todo quiere la voluntad de Dios. Se da por vencido con sus formas y acude al Creador. Dejar el orgullo se trata de una decisión fuerte pero necesaria. Adoptar como forma de vida lo siguiente: Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.

Es importante detectar en nosotros este tipo de situaciones, y también saber que si hay una persona pasando por ese proceso, no juzgarlo. Tratar de acompañar en oración sabiendo que no se trata de alguien ajeno a mí. Es una pieza fundamental para el Reino. Por ende, si este decae no lo tengo que hundir más. El trabajo en equipo es necesario en este mundo tan individualista.

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