A menos que hayas estado en un retiro espiritual sin redes sociales los últimos 15 días, te habrás enterado de que se realizaron los Juegos Olímpicos en Tokio. Particularmente soy muy fan de los Juegos, y cuando me enteré el año de que no se iban a realizar por la pandemia, fue triste pero entendible. Ahora, estuve las dos semanas prendido a la TV y las redes viendo cada deporte y disciplina, claro que alentaba por los atletas de mi país, pero es un espectáculo único que se da de tanto en tanto.
La vida del atleta consta de mucha disciplina: levantarse temprano, comer sano, hacer ejercicio y muchas horas de entrenamiento. Imagina que quienes se dedican al atletismo (y específicamente a la carrera de 100 metros llanos), entrenan durante cuatro años para intentar lograr una medalla en menos de 10 segundos. Cuatro años para 10 segundos. Y son muy pocos los que lo logran.
¿Sabías que nuestra vida espiritual es una carrera? No, no algo que me inventé. Dice el apóstol Pablo en Hebreos 12:1 (NTV): «Por lo tanto, ya que estamos rodeados por una enorme multitud de testigos de la vida de fe, quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar. Y corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante».
¡Estamos en medio de una carrera! Y no cualquier carrera, la carrera que nos conduce a una eternidad con Jesús. Imagina que en la meta está el mismo Jesús esperándote con los brazos abiertos ¡Wow! ¡Yo quiero ese abrazo!
El mismo versículo, en la versión Reina Valera dice: «corramos con paciencia». Esta vida espiritual se parece más a una maratón que a la de cien metros llanos, porque se corre con paciencia y perseverancia. Si alguna vez has visto este tipo de carreras, por lo general no gana ninguno de los que van por delante, lo que saben corren entre los últimos lugares, porque guardan energías para darlo todo en la última vuelta.
Los que corren van livianos, lo más livianos que pueden. Porque el peso no hace más que retrasarnos. Nos quita energías, nos hace alejarnos de nuestro propósito, nos quita la vista de Jesús, y como dice el versículo «nos hace tropezar». Por eso, deja todo el peso con el que cargas en las manos de Dios. Deja que Jesús se ocupe de tus preocupaciones, pecados, miedos, problemas, o lo que sea que no te deje correr a buen ritmo.
Y cuando ya no tengas fuerzas, refréscate en el Espíritu Santo, para que cada día recargues tus energías. En Isaías 40:29 (RV) dice: «El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas».
Tú corre, no dejes de correr, que nada ni nadie haga que te detengas. Corre, que tienes al mejor Entrenador a tu lado, que te dice: «Yo te pido que seas fuerte y valiente, que no te desanimes ni tengas miedo, porque yo soy tu Dios, y te ayudaré por dondequiera que vayas» (Josué 1:9 TLA).
Si por alguna razón te detuviste, levántate y corre; si disminuiste la velocidad, toma ritmo nuevamente. ¡Vamos, corramos! ¡Que el premio no es para algunos, sino para los que buscan la meta eterna!
Director de Reactivoz | Comunicador | CM | Diseñador Gráfico.


















