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Moisés, el rey David y el privilegio de sentarse a la mesa

La intimidad con Dios, estar con Él en Su presencia, transforma por completo nuestra manera de ver y vivir la vida.

Moisés tenía un diálogo constante con el Señor. A través de las escrituras vemos que él tenía disposición para acercarse y acudir a Dios una y otra vez, y en esa relación recibía indicaciones para guiar al pueblo hacia la tierra prometida. Tomemos solo unos versículos para comprobar esto: «Si no vienes con nosotros, ¿cómo vamos a saber, tu pueblo y yo, que contamos con tu favor? ¿En qué seríamos diferentes de los demás pueblos de la tierra? —Está bien, haré lo que me pides —dijo el Señor a Moisés—, pues cuentas con mi favor y te conozco por nombre. —Déjame ver tu gloria —insistió Moisés. Y el Señor respondió: —Voy a darte pruebas de mi bondad y te daré a conocer mi nombre. Tendré misericordia de quien quiera tenerla y seré compasivo con quien quiera serlo. Pero debo aclararte que no podrás ver mi rostro, porque nadie puede verme y seguir con vida. Cerca de mí hay un lugar sobre una roca —añadió el Señor—. Puedes quedarte allí. Cuando yo pase en toda mi gloria, te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano, hasta que haya pasado» (Éxodo 33: 16- 23, NVI).

Según el diccionario, la definición de intimidad es: confianza, familia, hogar. Es un lugar o un espacio privado (reservado) donde nos mostramos realmente como somos. Jesús nos invita a una intimidad continua. Un lugar donde habitar. Un espacio seguro donde nos despojemos de nuestra naturaleza humana para así poder desarrollar un corazón receptivo. Jesús no debe ser un lugar en el que vamos de visita solo cuando se levantan tormentas impetuosas, sino que Él es el lugar.

En el Salmo 23:5, el rey David escribe: «Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando». El Señor tiene una mesa preparada para sus comensales, una mesa que representa provisión, comunión, alimento, resguardo, justicia, vida eterna. En otra versión dice un «banquete»; esto simboliza abundancia, comunión, alegría, celebración. Moisés recurría a la presencia de Dios todo el tiempo, iba en búsqueda de revelación, sabiduría, guía, confirmación, fuerzas nuevas, fe, etc., para poder guiar al pueblo hacia su destino.

El Señor quiere que lo conozcamos a Él. Intimidad no es únicamente dar información de lo que nos está sucediendo, volcar nuestras dudas, hablar de nuestros fracasos o temores, sino que es recibir, sí, recibir información del Cielo. Construyamos encuentros, momentos diarios para oír a Dios hablar. Después de todo, necesitamos escucharlo más para vivir esta vida sabiamente. Aprendamos a calmar la prisa de la rutina diaria, eliminar distracciones, ser intencionales en la búsqueda y apartarnos para Él. Sostener esa relación depende únicamente de nosotros.

Moisés era quien subía a la montaña como un acto de su voluntad a encontrarse con Dios, a disfrutar del banquete, acudía donde sabía que estaban todas las respuestas. En Cristo están todas las respuestas. La intimidad, la relación y la comunión que desarrollemos en lo secreto y el tiempo que podamos invertir para oír al Padre nos permite experimentar más de Él en nosotros. El pueblo de Dios vio milagros y maravillas en el desierto camino hacia su destino, porque hubo un hombre que fue capaz de acercarse al Dios de los milagros. Es que cuando caminamos con Dios, se evidencia en cada paso que damos. Cada día debemos tomar más de Cristo.

El Padre nos conoce, pero ¿cuánto lo conocemos nosotros a Él? Jesús entregó su vida entera por la humanidad, ¿cuánto estamos entregando nosotros? Necesitamos un corazón encendido en la intimidad por el Espíritu Santo para que, por medio nuestro, otras vidas sean encendidas. De manera urgente tenemos que sentarnos a la mesa y disfrutar del banquete que el Padre preparó, y allí tomar todo lo necesario para que haya más de Él y menos de nosotros.

Por Ruth Castro

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