Todo lo que guardamos en nuestro corazón se revelará tarde o temprano. Somos lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos.
Nuestras acciones revelan lo que hemos depositado en nuestro interior, ya sea bueno o malo. Hay dos opciones: nos ocupamos de mantener un corazón puro y limpio con los principios de la Palabra de Dios o permitimos que nuestro corazón sea contaminado con malos pensamientos, experiencias negativas y todo tipo de deseos pecaminosos que el enemigo utiliza para corromper nuestro interior.
Dice la palabra en Proverbios 4:23 (NTV): «Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida».
Debemos velar, proteger y guardar nuestra mente y nuestro corazón como el tesoro más preciado que Dios nos otorgó, porque el rumbo y las decisiones que tomemos dependen de ellos. Una mente renovada y transformada no solo desarrollará pensamientos que glorifiquen a Dios, sino también acciones que reflejen que el Espíritu Santo es quien gobierna nuestra vida. «En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas!» (Gálatas 5:22-23, NTV).
Nuestro corazón revela la actitud que adoptamos ante las circunstancias que no podemos controlar y cómo respondemos cuando las personas nos lastiman, nos hieren o nos defraudan.
Por otro lado, la vida consiste en tomar decisiones y esas decisiones nos conducen a un algún lugar, por lo que no pueden basarse en emociones o en circunstancias, y exactamente lo que nos dice este versículo es que el rumbo y la dirección que tomaremos en nuestra vida están determinados por lo que hay en nuestro corazón.
Ocuparnos de él significa ser cuidadosos con toda la información que estamos consumiendo, con lo que vemos y con lo que decimos. Es desarrollar una continua comunión con Dios y una relación con el Espíritu Santo. Es proteger nuestro enfoque. Es aprender a discernir cuando el enemigo trae algún pensamiento, emoción o sentimiento contrario a la Palabra, para sembrar semillas de división, confusión, temor, falta de perdón o enojo. Es permitirle al Señor que nos ayude a desarrollar un corazón limpio y fiel a sus principios. «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí», habla en Salmos 51:10 (NTV).
Examinemos nuestro corazón a la luz de La Palabra de Dios para edificar una vida de fe y de buenos resultados. Eliminemos a tiempo cualquier semilla dañina que quiera germinar en nuestro interior. Creamos que podemos seguir el estilo de vida que el Señor espera de nosotros. Si nuestro corazón está plenamente lleno de la presencia de Dios, todos lo verán.
Autora: Ruth Castro
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