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La parábola de los dos inquilinos

Una inmobiliaria que se especializaba en propiedades antiguas, se pone de acuerdo con dos personas para una visita a una casona que estaba en venta. Cuando llegó el día y la hora pactada, estos dos sujetos se aparecieron en la entrada de la misma. El vendedor, que ya estaba dentro de la casa, salió para recibirlos y así aprovechar de hacer especificaciones de la fachada. Por fuera era una linda vivienda, aunque si bien se notaban sus años en cada pequeña fisura de la pared, una buena cantidad de plantas silvestres pegadas o algún que otro revoque algo caído, parecía pintoresca.

Cuando estos dos potenciales compradores entraron, ahí cambiaron las cosas. Al entrar por la puerta, se sentía un aroma a polvo y humedad muy fuerte. Como si la última persona que vivió ahí hubiera sido el emperador de Roma. Pero más allá del posible disgusto, los dos invitados se pusieron a recorrer el lugar. A todo esto, el vendedor se dispuso a contar la historia de la casa, los materiales que se usaron para su construcción y etcétera. Pero mientras él relataba, no dudó en observar las caras de los dos hombres y sus reacciones al pasar por las habitaciones.

El primer inquilino, un hombre canoso con un abrigo color verde, miraba con recelo cada vez que entraba a uno de los ambientes. Como si la casa se fuera a derrumbar en los próximos minutos. Al momento de mirar a los techos, le dio un poco de asco la cantidad de telarañas que había y los manchones de humedad. Pero el otro inquilino, un hombre de pelo castaño casi rubio, con una camisa azul, miraba con atención cada detalle. Solo se limitaba a asentir cuando el vendedor daba especificaciones y datos de la construcción.

Al terminar el tour por la vivienda, nuestro guía les dice a los dos hombres que si les interesaba comprarla o por lo menos señarla en caso de algún cambio de opinión. A lo que el hombre canoso le contesta que no. Que por ningún motivo iba a desperdiciar tiempo en cambiar tapices echados a perder, pisos de madera que no servían y darle vida a algo que obviamente estaba muerto hace años. Diciendo eso, agradeció el tiempo y se retiró. Luego de un breve silencio incómodo, el hombre de camisa azul sonríe y con gran seguridad dice: «Yo la voy a comprar». El vendedor, algo incrédulo, le pregunta por qué se había interesado en este lugar. A lo que el comprador responde: «Es una casa vieja, y necesita muchos arreglos. Pero eso no descarta el hecho de que tiene una estructura fuerte. Las habitaciones son grandes, la parte del comedor es un lugar hermoso y a pesar de que tenga los pisos arruinados, tiene mucho potencial. Ahora se ve así porque nadie se encargó de tirar la basura ni de tomarse el tiempo para repararla. Pero yo sí la quiero».

En esta parábola tenemos varias representaciones. La casa representa el llamado, la vida espiritual o el corazón de una persona. El inquilino que desaprovechó la casa representa el sistema y la sociedad, la familia, un líder/hermano de la iglesia o hasta nosotros mismos. Y el inquilino que sí quiso la casa representa a Dios.

Vamos por parte. Cuando hablo de que la casa puede representar esas tres cosas, es porque lo vi mucho en cristianos y también lo viví yo, sobre todo las últimas dos. Conozco personas que sabiendo que tenían un gran llamado, optaron por seguir sus propios planes y al darse cuenta tiempo después de que sus vidas no tomaron el rumbo que debía, se estancaron. Viviendo así una monotonía constante, un rejunte de comodidad y mediocridad disfrazada de idealismos sociales.

La vida espiritual

En cuanto hablamos de la vida espiritual como una casa vieja, se trata de la vivencia de un cristianismo sin Dios. Pero, ¿cómo se puede vivir un cristianismo sin Dios? Es fácil, solo tienes que ir a la iglesia por costumbre los domingos, ofrendar porque te enseñaron que eso debía hacerse (y no por fe y con un corazón gozoso), y cada tanto orar cuando tienes un problema del cual no puedes salir, simplemente buscando el resultado y ya. Y por último, se trata de cuando un corazón está en tal estado de miseria que se deja llevar por los fracasos, el resentimiento, la ira, la resignación, y sobre todo, la desesperanza. Literalmente es vivir porque tienes un cuerpo que respira y quitarte la vida sería demasiado escandaloso.

Tal vez, sin ir tanto a los extremos, podemos decir también que tener un corazón endurecido es el hecho de preguntarte si esto es todo lo que vas a vivir. Si no hay nada más para aportar al mundo. Es también sentirte estancado en miles de cosas y vivir con esa incertidumbre de qué va a ser de tu vida. También es tratar de hacer las cosas bien y que no pase nada, o hacerlo bien y no tener una satisfacción porque con eso no te alcanza para ser feliz.

Al principio, cuando se describe la casa, se aclara que a pesar de todo parecía una casa pintoresca y es lo que pasa en la vida real. Tratamos de que la gente nos vea bien, con buen aspecto o como si no nos importara nada, pero aún así las fisuras se notan. Y no por una cuestión de edad, si no porque cuando alguien está mal en el interior, se refleja en el exterior. A veces, con la apariencia o con la actitudes uno deja ver la condición en la que está. Podemos tapar de mil maneras las emociones, pero siempre algo se nos escapa.

Haz clic aquí para leer la segunda parte.

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