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La parábola de los dos inquilinos (segunda parte)

Si por alguna razón, no has leído la primera parte de este artículo, te recomendamos que lo hagas haciendo clic aquí. Sin más, continuemos.

El sistema y la sociedad

A la hora de referirme al sistema y la sociedad, es cuando en nuestro estado sentimos que no encajamos en lo que el mundo determina como estilo de vida. Un gran ejemplo sería que luego de terminar la escuela secundaria hay que sí o sí empezar una carrera universitaria, o que luego de terminar esta (que tiene que ser aproximadamente entre los 25-30 años) tienes que proyectar en casarte. También que para esa edad tienes que tener un automóvil y una casa porque no puedes vivir como un «fracasado», y un par de años después de casarte debes tener hijos porque si te llegan los 40 años y no tienes descendencia, corres el riesgo de quedarte solo para toda la vida. También está ese pensamiento de que si quieres llegar virgen al matrimonio eres un religioso, o el otro extremo de que si tuviste una vida sexual activa antes de casarte, eres un desastre. Y así puedo seguir durante un rato relatando todas las formas de vivir que el sistema dice, y que si uno no cumple con eso es un desperdicio.

La familia

Otra de las situaciones que se desata es que cuando uno no cumple con lo que la familia quería, se vuelve la «oveja negra». Cuando naciste eras la luz de todos, pero al elegir el camino de Dios, todos se volvieron en contra. O cuando eliges una carrera diferente a lo que tus padres querían te conviertes en una decepción. O tal vez puede ser un comportamiento; por ejemplo cuando te crían para ser de una forma y al no satisfacer sus sueños personales terminas siendo el error. En mi caso, a partir de una cierta edad, de vez en cuando escuchaba frases como: «Tienes que ser una damita, no tengas ese carácter», o la típica «Nosotros pedimos una princesa y nos dieron a una Fiona», haciendo relación a la película Shrek.

Lamentablemente, hemos visto casos de personas que en vez de haber sido abrazadas y sanadas, se las juzga por su condición pecaminosa y se las deja espiritualmente a deriva, cuando la Biblia dice explícitamente: «Hermanos, también les rogamos que amonesten a los holgazanes, estimulen a los desanimados, ayuden a los débiles y sean pacientes con todos» (1° Tesalonicenses 5:14). Y en 1° Corintios 12:21-23 dice: «El ojo no puede decirle a la mano: ‘No te necesito’. Ni puede la cabeza decirles a los pies: ‘No los necesito’. Al contrario, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son indispensables, y a los que nos parecen menos honrosos los tratamos con honra especial. Y se les trata con especial modestia a los miembros que nos parecen menos presentables».

El inquilino que desprecia

Y como cuarto ejemplo, a veces el inquilino que desprecia solemos ser nosotros mismos. Pero, ¿por qué una persona, en vez de esforzarse por mejorar y ver lo mejor de sí, se desprecia a sí misma? Por el simple hecho de que se dejó llevar por la desesperanza. Dios te puede hablar por mil maneras, te puede decir todo lo que tienes por delante y aun así, cuando haces una introspección y ves que no hay avance, lo único que piensas es que es en vano luchar.

Filosofías de este siglo nos enseñan que no somos lo que los demás dicen, si no que somos lo que nosotros vemos de nosotros mismos. Y vengo a destruir esa frase. En un tiempo de mi vida, Dios me quería hacer ver que tenía propósito, pero siempre me sentí un desastre. Literalmente, le pedía a Dios que me quite la vida porque no tenía sentido que Él le dé un llamado divino a alguien que no iba a lograr nada. Me levantaba y me iba a dormir con ganas de morir. Cometer suicidio (que lo había intentado) era un problema porque no tenía el valor suficiente y el hecho de saber que mi familia iba a tener otra desgracia era penoso. Somos lo que Dios dice que somos.

El inquilino que vio más allá

Y así paso a la última referencia: El inquilino que vio más allá del desastre. Cuando estaba pensando el rumbo de este artículo y llegué hasta esta parte, no dudé en pensar en el pasaje de Ezequiel 37: 1-14, El valle de los huesos secos.

«La mano del Señor vino sobre mí, y su Espíritu me llevó y me colocó en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Me hizo pasearme entre ellos, y pude observar que había muchísimos huesos en el valle, huesos que estaban completamente secos. Y me dijo: ‘Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?’ Y yo le contesté: ‘Señor omnipotente, tú lo sabes’. Entonces me dijo: Profetiza sobre estos huesos, y diles: ‘¡Huesos secos, escuchen la palabra del Señor! Así dice el Señor omnipotente a estos huesos: Yo les daré aliento de vida, y ustedes volverán a vivir. Les pondré tendones, haré que les salga carne, y los cubriré de piel; les daré aliento de vida, y así revivirán. Entonces sabrán que yo soy el Señor’. Tal y como el Señor me lo había mandado, profeticé. Y mientras profetizaba, se escuchó un ruido que sacudió la tierra, y los huesos comenzaron a unirse entre sí. Yo me fijé, y vi que en ellos aparecían tendones, y les salía carne y se recubrían de piel, ¡pero no tenían vida!

Entonces el Señor me dijo: ‘Profetiza, hijo de hombre; conjura al aliento de vida y dile: Esto ordena el Señor omnipotente: Ven de los cuatro vientos, y dales vida a estos huesos muertos para que revivan’. Yo profeticé, tal como el Señor me lo había ordenado, y el aliento de vida entró en ellos; entonces los huesos revivieron y se pusieron de pie. ¡Era un ejército numeroso! Luego me dijo: ‘Hijo de hombre, estos huesos son el pueblo de Israel. Ellos andan diciendo: Nuestros huesos se han secado. Ya no tenemos esperanza. ¡Estamos perdidos!’ Por eso, profetiza y adviérteles que así dice el Señor omnipotente: ‘Pueblo mío, abriré tus tumbas y te sacaré de ellas, y te haré regresar a la tierra de Israel. Y, cuando haya abierto tus tumbas y te haya sacado de allí, entonces, pueblo mío, sabrás que yo soy el Señor. Pondré en ti mi aliento de vida, y volverás a vivir. Y te estableceré en tu propia tierra. Entonces sabrás que yo, el Señor, lo he dicho, y lo cumpliré. Lo afirma el Señor'».

Cuando el inquilino entró a la vivienda, no se fijó en el estado temporal en el que estaba. Porque la basura se limpia, los pisos se cambian y las paredes se pintan. Él se fijó en las estructuras, en el tamaño de la casa, en el potencial de la misma. Con nosotros pasa lo mismo. Dios nos ve como un vaso que puede llenar. Un recipiente con talento, dones y características que ni nosotros conocemos. Muchas veces podemos ver el desastre que somos, que tal vez no estemos errados, pero Dios ve más allá. Él no juzga como el humano, ni tampoco obra bajo la lógica humana. Las personas solemos encerrar a Dios en nuestro pensamiento y creemos que no tiene el poder de cambiarnos. Aunque nuestra fe sea pequeña, Él puede obrar. Solamente se lo tenemos que permitir.

Dios te bendiga.

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