Cuando nos equivocamos y cometemos errores nos encontraremos con dos tipos de personas: los que nos señalan y condenan, y los que nos ayudan y levantan.
En primer lugar, tenemos que saber que todos pecamos. Muchos de esos pecados son visibles, pero otros son silenciosos, aunque tendremos que enfrentar las consecuencias de ambos. Entonces, si somos señalados, criticados o rechazados por las personas cuando nos equivocamos, no debemos condenarnos o castigarnos aún más. Y no digo esto para que hagamos todo lo que queramos, «total, nadie nos puede señalar»; sino que en muchas ocasiones las personas son utilizadas por el principal acusador de todos, el enemigo, con el fin de destruir nuestra verdadera identidad.
Nuestros pecados ya fueron justificados por la obra de la cruz. «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, […]» (Romanos 3:23-24, RVR1960).
Un pecador no solo es merecedor del amor de Dios, sino también de la ayuda de los demás. «Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados» (1° Pedro 4:8, RVR1960).
Todos sabemos que pecar tiene consecuencias espirituales y físicas, pero el amor y la misericordia de Dios pueden restaurarlo todo. Dios nos ama y nos llama sus hijos, y esto no depende de cuánto nos equivoquemos o no. El Señor no mide su amor por nuestras buenas obras, sino que Él decidió elegir nuestra vida para que reflejemos su naturaleza en esta tierra. Tenemos todas las herramientas para revertir todo lo que nos esté trayendo malos resultados. El poder de cambio está en nuestras manos.
Pecar es errar al blanco. Todos fallamos. Todos nos equivocamos. Nadie es perfecto.
En segundo lugar, cuando nos equivocamos debemos no solo pedir ayuda, sino aprender a recibirla. Debemos buscar personas que nos guíen en el camino hacia la restauración, ya sean pastores, líderes o amigos en la fe. Sin vergüenza, sin temores. Permitir que nos corrijan, que nos indiquen lo que está bien y lo que está mal para ser capaces de llevar adelante esos cambios que estamos necesitando. Siempre habrá alguien dispuesto a ayudarnos, pero si no es así, no estamos solos. Jesús es el amigo, el consejero y el padre que necesitamos. «Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo; Más en la multitud de consejeros hay seguridad». (Proverbios 11:14, RVR1960).
El destino del pecado era la muerte, pero Jesús vino para traernos redención y darnos una nueva oportunidad. Hay una breve historia en la Biblia sobre una mujer sorprendida en adulterio que fue llevada delante de Jesús (Juan 7:53-8:11). Todos la señalaban y la acusaban. Pero Jesús resolvió el asunto de una manera sencilla diciendo: «el que nunca haya pecado que tire la primera piedra». Nadie fue capaz. Todos soltaron la piedra. Al observar que todos se habían ido, le dijo a la mujer: «Yo tampoco (te condeno). Vete y no peques más».
El pecado daña nuestra vida y nuestro propósito. ¿Hay algo que Dios nos está mostrando para cambiar y no lo estamos haciendo? Si bien, todos pecamos, hay consecuencias que podemos evitar. Podemos decidir diferente para no tener resultados negativos. Hoy tenemos la oportunidad que nos está dando Jesús y nos dice: «Hijo, no vuelvas a lastimarte, puedes seguir produciendo cambios, mi amor te da fuerzas nuevas para vencer ese vicio, ese mal hábito, eso que te trae dolor. No sigas dañándote, no le quites valor a tu vida». Podemos ser libres, porque el pecado ya no tiene poder ni gobierno sobre nuestras vidas (Romanos 6:14).
Autora: Ruth Castro
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