Recientemente, escuché algunas frases en los medios de comunicación que me hicieron reflexionar: «Esforzate y tendrás lo que merecés», «cada uno llega hasta donde trabaja» y «el éxito depende solamente de vos», entre otras. Todas ellas reflejan, en gran medida, la lógica de la meritocracia: la idea de que cada persona recibe en función de sus propios méritos. Pero cuando miramos el Evangelio encontramos algo completamente diferente: la gracia.
La Biblia nos muestra que, si Dios nos diera estrictamente lo que merecemos, no estaríamos siquiera vivos. Todos hemos fallado, todos hemos pecado y todos necesitamos misericordia. No hay nada que podamos hacer para ganarnos, por nuestros propios medios, Su perdón.
La salvación no es un premio para quien hizo más cosas buenas, el que trabaja más en la iglesia, el que tiene la racha perfecta en la app de la Biblia o para el pastor. No es una medalla para el más perfecto, ni una recompensa para quien «se ganó» el amor de Dios. La gracia es un regalo para todos. Y es ahí donde la gracia rompe la lógica del «yo merezco».
El hijo pródigo no merecía volver a ser recibido como hijo. Había desperdiciado todo y había tomado malas decisiones, pero cuando regresó, el padre no le dio lo que merecía según sus errores, le dio misericordia y una nueva oportunidad.
Pedro negó a Jesús, pero Jesús lo restauró. Pablo persiguió a la iglesia, pero Dios lo transformó. El ladrón en la cruz no tuvo tiempo de hacer grandes obras, pero encontró gracia segundos antes de morir. Y nosotros tampoco estamos aquí porque hayamos sido suficientemente buenos, estamos porque Dios ha sido bueno. Intentemos recordar esto cada vez que necesitemos aplicarlo para nosotros mismos y para el prójimo.
Escuché una predicación donde un pastor decía algo muy cierto: «Muchas veces queremos vivir bajo la gracia cuando se trata de nosotros, pero bajo la meritocracia cuando se trata de los demás».
Queremos que Dios nos diga: «Te perdono, aunque fallaste». Pero frente a alguien que nos hirió, pensamos: «Que reciba lo que merece. Esa persona no haría por mí lo que yo por ella». Queremos oportunidades que no merecíamos, pero no queremos darles oportunidades a otros. Queremos paciencia con nuestros procesos, pero somos impacientes con los procesos ajenos.
Sin embargo, Jesús nos llama a recordar constantemente: Nosotros tampoco recibimos de Dios lo que merecíamos. Recibimos perdón, recibimos una nueva oportunidad, amor, misericordia y gracia.
Te animo a preguntarte lo siguiente cada vez que algo te parezca injusto: «¿Qué hizo Dios conmigo cuando yo no merecía ser perdonado?»
La gracia no elimina la responsabilidad por nuestros actos, pero sí nos recuerda que la misericordia siempre puede ser más grande que nuestro mérito. No somos salvos por mérito, somos salvos por gracia. Y así como hemos recibido gracia, también estamos llamados a darla.
¡Hola! Soy Natalia Kaukian. Hija menor de un papá pastor y una mamá médica. Uno ayuda con las heridas físicas, el otro con las heridas espirituales. De ese combo nací yo, Nati de “@milla.extra”. Docente, casada con un músico, recientemente mamá y, por sobre todas las cosas, cristiana… cristiana por convicción.


















