En Getsemaní, Jesús experimentó la batalla más significativa de su vida antes de entregarse como sacrificio vivo por la humanidad y, de esta forma, cumplir con la voluntad del Padre.
«Jesús salió de la ciudad y, como de costumbre, se dirigió al monte de los Olivos y sus discípulos lo siguieron. Cuando llegaron al lugar, les dijo: «Oren para que no caigan en tentación». Entonces se separó de ellos a una buena distancia, se arrodilló y empezó a orar: «Padre, si quieres, no me hagas beber este trago amargo; pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya». Entonces se apareció un ángel del cielo para fortalecerlo. Pero como estaba angustiado, se puso a orar con más fervor y su sudor era como gotas de sangre que caían a tierra» (Lucas 22:39-45, NVI).
Analicemos algunos puntos: Jesús tenía la costumbre de ir al monte a orar. Dicen las escrituras que para Jesús era una práctica habitual acudir al monte a orar. ¿Es nuestra costumbre ir a la presencia de Dios? ¿Está dentro de nuestras prioridades? Busquemos nuestro «monte de los Olivos», ese lugar adonde recurrir en la noche más oscura. En ese espacio de intimidad, recibiremos guía, dirección y nuevas fuerzas para llevar adelante nuestro llamado y completar nuestro propósito.
Rindió Su voluntad. En aquel lugar, entregó sus deseos personales y aceptó la voluntad del Padre. Nuestra carne debe morir a los deseos y anhelos equivocados. Tenemos que alejarnos del pecado que nos separa de Dios y ser capaces de decir: «Padre, que no se haga mi voluntad, mis decisiones, mis deseos, lo que mi mente o mis sentimientos me dicten, sino lo que tú quieres que haga». El Espíritu Santo es la luz que ilumina nuestra vida, es el testimonio interno que nos dice el camino que debemos seguir. Que hoy Su voluntad prevalezca sobre la nuestra.
Un ángel lo fortaleció. A Jesús lo invadió la tristeza. Pero, ¿qué recibió en ese momento de extremo dolor y lucha? Fortaleza para llevar adelante su asignación divina. ¿Qué recibiremos en la presencia de Dios?, fortaleza, ánimo, instrucción y sabiduría.
Oró con fervor. En su angustia, ¡oró con más fervor! Oró con pasión. Con entrega. Con un celo ardiente. David afirma: «Clamé al Señor, Él me oyó y me libró de mis angustias» (Salmos 34:6). El Padre está atento a la voz de sus hijos. Él oye y Él responde. Las circunstancias no nos deben intimidar, por el contrario, deben encender la llama que se encuentra en nuestro interior para que podamos comprender que tenemos todo lo necesario para vencer cualquier obstáculo y cumplir con el llamado de Dios. Así como Jesús oró con fervor, en la angustia clamemos con más fe que nunca a nuestro Padre Celestial.
¡Tenemos la naturaleza de Cristo, tenemos la naturaleza de un vencedor! La noche más oscura puede llegar, pero nos encontrará unidos al Padre y esa es nuestra garantía para la victoria.
Por Ruth Castro
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