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Cuidado, el pecado prospera en el aislamiento

A medida que la segunda ola de Coronavirus llega a nuestra ciudad, los habitantes de Melbourne están siendo obligados a volver al aislamiento. A menos que no sea por cuatro razones específicas, es oficialmente ilegal que salgamos de nuestras casas. Estas restricciones pueden ser frustrantes, pero son necesarias. Los tiempos extremos requieren medidas extremas. Quedarse en casa salva vidas.

Pero aunque nuestros hogares pueden ser lugares de seguridad física, también son lugares de peligro espiritual porque el pecado prospera en el aislamiento.

Como observa el predicador de Eclesiastés: «más valen dos que uno… porque si uno de ellos cae, el otro levantará a su compañero» (Ec. 4:9-10). Nuestro gran peligro en este prolongado período de soledad es caer en pecado sin ese compañero a nuestro lado.

Carecemos del ritmo semanal de reunirnos físicamente como iglesia. No podemos encontrar ni un solo hermano o hermana para orar juntos. Y con la pérdida de una rutina diaria y estructura en nuestras vidas, también pudimos haber perdido nuestra disciplina de luchar contra el pecado y perseguir la santidad. A medida que nos autoaislamos en nuestros hogares, podemos estar físicamente seguros pero en peligro espiritual. Así que aquí hay tres maneras en que podemos protegernos contra el pecado mientras soportamos otra ronda de aislamiento.

1. Permanecer conectados como iglesia

El apóstol Pablo describe la iglesia como el templo de Dios, la cual está marcada por la santidad y ha sido limpiada del pecado (1 Co. 3:17; 5:9-13). De hecho, mientras la iglesia se reúne, está llamada a lidiar con el pecado no arrepentido de sus miembros (1 Co. 5:4-5). En este sentido, la iglesia reunida es la «zona cero» de nuestra santificación.

La pérdida de nuestra habilidad de reunirnos, por lo tanto, nos deja menos capaces de lidiar con el pecado y más vulnerables a los ataques del mundo, la carne, y del diablo. En el aislamiento, es demasiado fácil ocultar nuestro pecado y alimentarlo en secreto.

La vida de la iglesia es reducida a un servicio en línea y un estudio bíblico a mitad de semana. Hemos perdido los momentos incidentales pero indispensables de discipulado. Y a medida que sentimos la fatiga de Zoom, nadie, ni siquiera el pastor, quiere conectarse a la realidad artificial de la iglesia en línea.

Todos estos desafíos hacen que mantenerse conectado sea un esfuerzo agotador, pero también lo convierten en una necesidad esencial. Sin el apoyo de los hermanos creyentes, estamos luchando solos la batalla espiritual. El tratamiento prescrito por Dios al engaño del pecado es el estímulo diario de otros creyentes (Heb. 3:12-15). Y si nos vence el pecado, Dios nos da el uno al otro para llevar nuestras cargas y restaurarnos con un espíritu de mansedumbre (Gá. 6:1-2).

A pesar de que no podemos reunirnos físicamente, todavía es posible llevar las cargas de los demás de alguna manera. De hecho, es precisamente porque no podemos reunirnos físicamente que necesitamos permanecer conectados como iglesia. Si vamos a ayudarnos mutuamente de manera significativa a matar nuestro pecado, necesitamos algo más que una mera conexión. Necesitamos relaciones profundas de rendición de cuentas. Necesitamos tomar la iniciativa de confesar nuestros pecados unos a otros, preguntarnos unos a otros acerca de nuestras batallas con el pecado, e incluso reprendernos amorosamente unos a otros por el pecado continuo.

El pecado se extiende en la oscuridad y como hijos de la luz, no debemos tolerar el pecado del otro sino exponerlo a la luz de Cristo (Ef. 5:8-14). El pecado prospera en el aislamiento por lo que debemos permanecer conectados como la iglesia.

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2. Disciplinar nuestros cuerpos

Un amigo me dijo recientemente que es más tentado por la pornografía cuando está cansado y aburrido; tal es la trivialidad del pecado. De hecho, mientras leía su informe de Covenant Eyes (una aplicación para monitorear tu dispositivo), la estadística más reveladora no es los sitios que visita sino las horas que está despierto. Sus peores semanas de ver pornografía casi siempre coinciden con él estando conectado a altas horas de la noche. El aislamiento interrumpe nuestra rutina diaria y destruye nuestra disciplina personal. En los últimos meses, los australianos se han estado ejercitando menos, bebiendo más, y durmiendo más tarde. La advertencia de Proverbios 6:9-11 nunca ha sido más oportuna:

«¿Hasta cuándo, perezoso, estarás acostado? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? ‘Un poco de dormir, un poco de dormitar, un poco de cruzar las manos para descansar’, y vendrá tu pobreza como vagabundo, y tu necesidad como un hombre armado».

Nuestra «pobreza» y «necesidad», sin embargo, pueden ser mucho más graves porque nuestra pereza física nos deja espiritualmente vulnerables. Suena tan básico, pero una de las medidas más eficaces para superar una adicción a la pornografía es la disciplina de dormir temprano. De hecho, el joven de Proverbios muere por falta de disciplina (Pr. 5:23). Deambula demasiado cerca de la casa de la mujer prohibida y no reconoce lo que C.S. Lewis advierte en «Cartas del diablo a su sobrino»:

«El camino más seguro hacia el infierno es el gradual: la suave ladera, blanda bajo el pie, sin giros bruscos, sin mojones, sin señalizaciones».

Al igual que el joven que coquetea con las mujeres prohibidas, el joven cristiano que se queda despierto hasta tarde jugando en su teléfono «no sabe que esto le costará la vida» (Pr. 7:23).

La omnipresencia de la pornografía y los peligros del aislamiento crean la tormenta perfecta para la tentación del pecado. No es de extrañar entonces que Pablo llame a la iglesia corintia a «huir de la inmoralidad sexual». (1 Co. 6:18). En aislamiento, nuestra pérdida de relación conduce a una falta de disciplina, y nuestra falta de disciplina conduce a entregarse al pecado. El pecado prospera en aislamiento, así que necesitamos disciplinar nuestros cuerpos.

3. Meditar en la cruz

A pesar de los peligros muy reales del aislamiento, este nos presenta una oportunidad. Aunque el pecado prospera en el aislamiento, también puede hacerlo nuestra piedad. Podemos usar este tiempo no para alimentar nuestro pecado, sino para matarlo y crecer en la piedad.

De hecho, crecer en piedad es el remedio más seguro para matar nuestro pecado. Así que el que roba no sólo no debe robar más, sino también hacer «con sus manos lo que es bueno» (Ef. 4:28). No basta simplemente con decir «no» al pecado, debemos decir «sí» a Cristo. Debemos reemplazar la codicia con generosidad, la lujuria con amor, y la idolatría con adoración.

Y el remedio clave para matar nuestro pecado es meditar en la cruz. En Deuteronomio, el Señor llamó a Israel y a sus hijos a meditar sobre su éxodo fuera de Egipto como motivación para la obediencia a la ley (Dt. 6:1-25). Y como cristianos, debemos meditar en nuestro éxodo que Jesús ganó en la cruz como nuestra motivación para vivir en el Espíritu. Para Pablo, el remedio más eficaz contra el pecado que mora en nosotros, es meditar profundamente en la cruz de Cristo.

Somos libres de vivir por el Espíritu porque sabemos que en Jesús hemos «crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gá. 5:24). Y podemos caminar en novedad de vida porque sabemos que «hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte» (Ro. 6:4). Cuanto más profundamente meditamos en la cruz, más verdaderamente nos damos cuenta de nuestra unión con Cristo, de nuestra muerte al pecado, y de nuestra nueva vida en Él. En La mortificación del pecado, John Owen nos exhorta:

«Enfoque su fe en Cristo, tal como Él es exhibido en el evangelio, como muriendo crucificado por nosotros. Mire hacia Él mientras que Él ora, sangra, y muere bajo la culpa de sus pecados. Por medio de la fe traiga a este salvador crucificado a vivir en su corazón. Por la fe, aplique su sangre a todos sus deseos pecaminosos y haga esto cotidianamente».

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Si en este prolongado período de aislamiento vamos a matar nuestro pecado y crecer en piedad, no es suficiente simplemente permanecer conectados como iglesia o disciplinar nuestros cuerpos. Debemos meditar profundamente en la cruz de Cristo y darnos cuenta de que hemos sido crucificados con Él, por lo que ya no vivimos más, sino que Cristo vive en nosotros.

Extraído de CoalicionPorElEvangelio.org bajo previa autorización.

 

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