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Una historia de amistad, inspiración, perseverancia y fe

Hace poco tiempo, Dios respondió una oración que hice unos años atrás, y este artículo quiero dedicárselo a una amiga en particular, pero también a ti que estás leyendo.

Hay amistades que entretienen, pero hay otras que transforman. Hay personas que quizás atravesaron dolor, pérdidas, traiciones, luchas internas o momentos muy oscuros, y, aun así, decidieron no endurecer su corazón. Personas que siguen amando, ayudando, creyendo y siendo luz. Hoy me gustaría que pensemos en ellas y las valoremos, y si tú que estás leyendo esto te sientes identificado, quiero agradecerte por seguir adelante y ser de ánimo y testimonio para los demás. Lo que Dios permitió que pasaras no es en vano.

A veces admiramos a la gente por lo que tiene, por su talento o por su éxito. Pero Dios nos enseña a admirar algo mucho más profundo: la fortaleza espiritual. Esa capacidad de mantenerse firme aun cuando la vida golpea fuerte. Hay personas que dejaron que Dios los moldeara en lugar de que las circunstancias los destruyan.

La Biblia está llena de ellos. Personas heridas pero llenas de fe, como por ejemplo Job. Job perdió todo: familia, salud, bienes, estabilidad. Y aun, en medio de preguntas y dolor, siguió buscando a Dios. También pienso en José que fue traicionado por sus propios hermanos; vendido, olvidado injustamente en prisión. Pero no permitió que el rencor destruyera su corazón.

Y, quizás hoy, Dios puso cerca tuyo personas así. Amigos que sonríen aunque hayan llorado muchísimo, personas que siguen sirviendo aunque hayan sido heridas. Gente que podría haberse rendid pero eligió permanecer y perseverar. Esas amistades son un regalo de Dios. Por un propósito divino Dios los puso en nuestro camino. Esas amistades nos enseñan algo poderoso: la verdadera fuerza no es no sufrir, sino seguir confiando en Dios después del sufrimiento.

Por eso, debemos valorar y cuidar esas amistades, porque estar cerca de personas con fe genuina también fortalece nuestra propia vida espiritual. Una amistad sana y puede acercarte más a Dios, ayudarte a sanar y recordarte que sí se puede seguir adelante.

Dios usa personas marcadas por procesos difíciles para traer esperanza a otros. Y, muchas veces, las amistades más valiosas son aquellas que, aun después de todo lo vivido, siguen teniendo un corazón sensible, humilde y lleno de amor.

Amiga, gracias por no desistir a pesar de ni siquiera conocer al Señor en momentos que fueron muy dolorosos. Tu testimonio es un motor para muchos, incluyéndome. Dios ya te tomaba de Su mano aunque en ese momento no lo sabías, y hoy somos hermanas en la fe, por Su gracia. Te quiero.

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