Desde el principio de la Biblia podemos ver cómo el ser humano siempre busca hacer las cosas a su forma y termina por corromperse. En esta oportunidad, veremos uno de los primeros casos: Caín y Abel. Vamos a ir directo a la escena posterior de la entrega de las ofrendas.
En Génesis 4:5-7 (NVI) dice: Pero no miró así a Caín ni a su ofrenda. Por eso Caín se enfureció y andaba cabizbajo. Entonces el Señor le dijo: «¿Por qué estás tan enojado? ¿Por qué andas cabizbajo? Si hicieras lo bueno, podrías andar con la frente en alto. Pero si haces lo malo, el pecado está a la puerta para dominarte. No obstante, tú puedes dominarlo».
Luego de esto, Caín termina matando a su hermano y así empiezan una serie de consecuencias. Pero vamos desglosando un poco esta secuencia.
En el versículo 5 dice que, al enfurecerse Caín, estaba cabizbajo. En otras versiones se menciona que estaba «decaído» o «decayó su semblante». Acá se puede interpretar que Caín ya estaba pecando en su corazón o se podría decir «maquinando», ya que en el versículo siguiente Dios le pregunta por qué estaba TAN enojado, por qué su semblante (apariencia) se había decaído. Si Caín hubiera tenido un simple enojo por la reacción que tuvo Dios con él a diferencia de con su hermano, hubiera sido diferente. Pero Dios hace énfasis en la magnitud de su enojo para resaltar que no era algo pasajero y Él ya sabía. A Dios no se le escapaba nada.
La principal diferencia entre «enojar» y «enfurecer» es que «enojar» significa causar enojo o poner de mal humor, mientras que «enfurecer» se refiere a sentir o manifestar una ira intensa, rabia o cólera, es decir, volverse furioso o iracundo. Según términos más específicos, el enojo es un sentimiento más llevadero, que no requiere de ayuda externa, en cambio la ira es peligrosa, exterminadora y causante de momentos horrorosos.
Entonces, Dios le estaba aclarando que no era momentáneo, y con esto le advierte el resultado según la decisión que tome. Si abandonaba la idea de pecar, iba a estar con la frente en alto («¿no serías enaltecido?», dice la versión RVR) lo cual es sinónimo de victoria, de exaltación y dignidad. Pero si en cambio decidía seguir maquinando en su mente con lo mismo, el pecado podía llegar a dominarlo, donde ni ese pequeño milisegundo de conciencia o compasión podía frenarlo. Dios sabía cómo era Caín, sabía hasta qué punto iba a llegar. Pero al final de todo le dice que él podía dominarlo antes de que el pecado lo tome («el pecado está a la puerta, acechando» – RVR). Estaba en el poder de Caín volver en sí o «dejarse llevar» por su ira.
Todo esto también es aplicable a la vida diaria, con la pequeña diferencia de que nosotros podemos gozar de la gracia y tenemos al Espíritu Santo, pero, de igual manera, eso no nos libra de las consecuencias de nuestras decisiones. Y es acá donde quiero compartirles un testimonio personal.
Desde pequeña y hasta los 22 años aproximadamente tuve varios problemas alimenticios y crisis con mi identidad (lo cual podría desarrollar en otra oportunidad). Con unos 12 años, tenía atracones de comida debido a un alto nivel de ansiedad. En plena adolescencia –con catorce o quince años– opté por recurrir a la bulimia como «método» para bajar de peso. Esto sumado a un problema en el esófago en donde en varias ocasiones me ahogué con la comida (por un accidente que tuve de pequeña), me era fácil ocultarlo. Eso me duró un buen tiempo hasta que dejé de hacerlo.
Cuando cumplí 19, y por numerosos argumentos que me armé y me creí, comencé a tener rechazo por la comida. Una cosa es cuando uno se priva de comer aun teniendo ganas, y otra es tener tan arraigado el pensamiento de «si como algo, engordo», donde el mismo estómago se cierra y te niegas a la idea de alimentarte, como si de algo normal se tratase. Cuando llegué al punto límite donde todo podía empeorar o podía revertirse, el Espíritu Santo me dijo: «Basta. Si seguís así, no vas a poder parar, vas a empeorar y no va a haber vuelta atrás». En ese momento, muchos argumentos se vinieron a mi mente, a favor y en contra. Pero pensé en mi futuro y en que, si Dios me llamó para ser y hacer algo en mi vida, no podía estar en un estado cuasi moribundo. Entonces, decidí por hacerle caso y me di por vencida a mi forma de pensar y a la visión errada que tenía de mí misma.
Hoy por hoy, pienso que fue una decisión determinante, no solo por el caso en sí, si no para darme cuenta de que yo tengo autoridad y el pecado no me puede gobernar, porque soy hija de Dios, por lo tanto, lo aplico en cualquier circunstancia.
Romanos 6:12-14 (NVI) dice: «Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal ni obedezcan a sus malos deseos. No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de injusticia; al contrario, ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida, presentando los miembros de su cuerpo como instrumentos de justicia. De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la Ley, sino bajo la gracia».
Jesús envió al Espíritu Santo para darnos la fortaleza, pero somos nosotros los que debemos abrazarla y decidir que el pecado no nos gobierne.


Redacción en Reactivoz | Estudiante de medicina | Fan de Marvel.


















