El Creador del universo desea revelarnos los deseos de su corazón y, para ello, necesita ser una prioridad en nuestra vida, nada ni nadie debe ocupar el lugar que le corresponde únicamente a Él. El enemigo tiene conocimiento de esto, por esta razón, intentará distraernos trayendo situaciones que sustituyan o entorpezcan nuestro crecimiento espiritual para restarnos eficacia y que los planes de Dios no prosperen.
En la Biblia se encuentra una breve historia de cuando Jesús visita a Marta y María. «Su hermana María se sentó a los pies del Señor a escuchar sus enseñanzas, pero Marta estaba distraída con los preparativos para la gran cena. Entonces se acercó a Jesús y le dijo: —Maestro, ¿no te parece injusto que mi hermana esté aquí sentada mientras yo hago todo el trabajo? Dile que venga a ayudarme. El Señor le dijo: —Mi apreciada Marta, ¡estás preocupada y tan inquieta con todos los detalles! Hay una sola cosa por la que vale la pena preocuparse. María la ha descubierto, y nadie se la quitará» (Lucas 10: 38-41, NTV).
La Palabra señala que el Señor entra en la casa de estas mujeres y, en medio del alboroto que podría causar Su presencia en ese lugar, María se sienta a sus pies para escuchar. Sin embargo, Marta se distrae muy ocupada con todos los preparativos para que no falte nada, pero en un momento observa a su hermana sentada muy tranquila y le dice al Señor: «dile algo para que me ayude porque no puedo con todo». Marta había depositado toda su atención en los quehaceres, no estaba mal ocuparse de esas cosas, pero ese día había algo más importante, algo que merecía su total atención y era oír lo que Jesús tenía para compartir. María no permitió que nada de lo que la rodeaba le robe lo que estaba preparado para su vida. El maestro estaba en casa, ¿habría algo más importante que Su presencia?
La distracción es «desviar la atención», significa no darle el interés necesario o el valor a lo que merece nuestra completa atención, nuestro esfuerzo y nuestro tiempo. Es perder el enfoque y encontrarnos preocupados haciendo tareas innecesarias, como le sucedió a Marta.
El Maestro mora y habita en nuestra vida hoy, Su presencia es el regalo más preciado que podamos tener. ¿Seremos capaces de eliminar distracciones y ser sensibles a Su voz y a la presencia del Espíritu Santo? Reconozcamos aquellas pequeñas cosas que desvían nuestra atención y determinémonos a vivir una vida sabia y con sentido de propósito.
«Saquen el mayor provecho de cada oportunidad en estos días malos. No actúen sin pensar, más bien procuren entender lo que el Señor quiere que hagan» (Efesios 5:16-17, NTV).
Seamos sensatos y entendidos para caminar bajo la voluntad de Dios, utilizando bien el tiempo y los recursos que nos han sido dados. Congregarnos, orar, leer la Palabra o pasar tiempo en comunión con el Señor y con hermanos en la fe deberían ser una prioridad, pero muchas veces nos vemos involucrados en otras actividades que no están mal en sí, pero nos corren o desenfocan de la finalidad de nuestra existencia: vivir una vida por Él y para Él (Isaías 43:7). ¿Buscaremos sustitutos temporales para escapar de lo que debemos hacer, de nuestras responsabilidades como hijos e hijas de Dios?
No existe nada que pueda reemplazar a Dios. Nada ni nadie puede llenar el vacío de nuestro interior. No hay familia, hijos, amigos, metas, trabajo, hábitos, títulos, etc., que puedan sustituir lo que Su presencia puede darnos. No existen sustitutos para Dios y sus planes. No permitamos que lo que ocurra a nuestro alrededor nos robe el enfoque y nos impida seguir los pasos de Cristo.
Autora: Ruth Castro
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