El libro de los Hechos presenta a Saulo de Tarso como un asesino de los seguidores de Cristo. Su vida, caracterizada por el odio y la brutalidad, lo impulsó a perseguir con vehemencia a hombres, mujeres y familias enteras. Sin embargo, los planes que tenía cambiaron de manera repentina cuando, en ese ímpetu de ir tras la fe de muchos, emprende el camino hacia Damasco. Un camino que lo iba a cambiar todo, ya que una luz irrumpe su camino y el mismo Jesús se le aparece y le pregunta: ¿por qué me persigues?, como resultado de este encuentro, Saulo pierde la vista y desde ese día su vida ya no sería la misma (Hechos 9:1-9).
Pero Dios no tenía la intención de actuar solo, necesitaba de un hombre obediente y dispuesto para que la gracia alcanzara a Saulo. Aquí es donde entra la figura de Ananías. Ananías tiene una tarea muy difícil para cualquier cristiano de la época, ir nada más y nada menos que al encuentro de Saulo, sí, Saulo de Tarso, un criminal, pero no cualquier criminal, sino el asesino de sus hermanos de la fe. Todos conocían a este hombre por su reputación, no por sus buenas obras, sino por su crueldad. Sin embargo, el Señor fija su mirada en Ananías, un discípulo a quien llama para una misión excepcional. Lejos de resistirse, este siervo de Dios responde en forma positiva, aunque hace algunas preguntas, por lo desafiante de la tarea, lo comprendemos, quién no las haría. Ananías recibió instrucciones precisas sobre un lugar y una persona. Hay un camino, el de Damasco, el cual lo llevaría a esa sorprendente misión. El mensaje era tan claro que no podía desobedecer, tendría que ir.
«Había en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor llamó en una visión: —¡Ananías! —Aquí estoy, Señor. —Anda —le dijo el Señor—, ve a la casa de Judas, en la calle llamada Derecha, y pregunta por un tal Saulo de Tarso. Está orando y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías que entra y pone las manos sobre él para que recobre la vista. Entonces Ananías respondió: —Señor, he oído hablar mucho de ese hombre y de todo el mal que ha causado a los que creen en ti en Jerusalén. Y ahora lo tenemos aquí, autorizado por los jefes de los sacerdotes, para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre. —¡Ve! —insistió el Señor—, porque ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre. Ananías se fue y cuando llegó a la casa, le impuso las manos a Saulo y dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo». Al instante cayó de los ojos de Saulo algo como escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado. Luego comió y recobró las fuerzas» (Hechos 9:10-19, NVI).
Ese fue solo el comienzo de una vida de gracia. Ahora Saulo se transformaría en Pablo, un servidor del Señor que cambiaría la vida de miles y millones a lo largo del tiempo.
Cada uno de nosotros podemos convertirnos en un instrumento de la gracia de Dios para transformar el mundo que nos rodea. Si solo pudiéramos hablar a una persona. Si pudiéramos dejar de lado nuestros prejuicios, criterios y estándares morales de quien es merecedor o no del amor de Cristo. Si solo oyéramos las directivas de Dios, Él sería capaz de conducirnos al lugar correcto, en el día y en la hora indicada, para traer a los pies del Señor a una persona que, quizás, sea el transformador de una generación completa como lo fue Pablo. Un acto de obediencia puede cambiarlo todo. Dios sabía que la pasión que Saulo tenía para defender sus ideas, en Sus manos, se convertiría en un arma letal e imparable contra el diablo. Pero tuvo que haber alguien que aceptara ser el enviado, alguien capaz de ver oír a Dios y ver lo que Él veía. Ananías oró por Pablo, quien recobró la vista, fue lleno del Espíritu Santo y bautizado. ¿Seremos capaces de ir donde Dios nos envíe?
El Apóstol Pablo sabía muy bien que, por obras, ninguno podría llegar a calificar para recibir el reino, sino solo por amor y misericordia, y esto fue justamente lo que logró la obra de Cristo en la Cruz. Pablo escribió en el libro de Romanos: «Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia; y así como reinó el pecado en la muerte, reine también la gracia que nos trae justificación y vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor» (Romanos 5:20-21, NVI).
La gracia de Dios sigue fluyendo hoy más que nunca. No hay nadie que no pueda ser alcanzado por ella, nosotros los fuimos. Ananías confió plenamente en Dios y fue utilizado como un instrumento divino. Saulo, alcanzado por la gracia, se transformó en Pablo. Dos hombres, dos historias de fe con un único protagonista, CRISTO. ¿Estamos dispuestos a ser los próximos enviados y escribir nuestra propia historia como instrumentos de Dios en la tierra?
Por Ruth Castro
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