Hace cuatro años aproximadamente, sabía que mi vida iba a cambiar. Habíamos planeado tener un hijo y Dios nos lo había concedido: estaba embarazada. Las expectativas eran altas. Era un cambio muy grande, así que planeamos todo lo que nos fuera posible. Nombre del bebé, donde nacería, con qué médico, ambientamos un cuarto para él, empezamos a organizar las finanzas de la casa (pues pañales y controles médicos abundan en la primera etapa), tenía todo fríamente calculado con mi trabajo, qué licencias y cuándo me las tomaría para después de un tiempo volver a trabajar.
Soy de planificar, necesito planificar para estar más tranquila. Necesito saber qué va a suceder y de acuerdo a eso, mentalizarme. Claro que no todos somos iguales, algunos tenemos más ansiedad que otros y nos gusta anticiparnos. Otros simplemente disfrutan que la vida los sorprenda. (Me pone nerviosa de solo pensarlo, ja, ja).
Mis expectativas eran altas. Comencé a ver todos los reels, tiktoks, videos de maternidad y crianza, hasta sabía qué clase de madre quería ser (ahora que lo pienso, suena loco); qué cosas iba a ser mi hijo y qué cosas no. Qué comida iba a consumir, si lo dejaría ver pantallas o no de pequeño. Estaba todo pensado y hablado con mi esposo.
Hasta que tres meses antes del nacimiento de Santi, mi hijo, apareció un «bichito» para nada agradable llamado COVID-19, y se derrumbó casi todo lo que había planeado. Ya no habría ni baby shower, ni visitas a la familia, la internación y el parto fueron bastante peculiares, ni les cuento las consultas de una madre primeriza con un bebé recién nacido por videollamada. No volví a trabajar, y todas mis expectativas ya no estaban. La idea de ser una madre «relajada» y darle todos los días de comer saludable sin azúcares (ni nada por el estilo), también se fueron esfumando con el tiempo.
Nada de lo que había pasado era normal o común. Una pandemia, una cuarentena de años, juuuusto cuando Santi iba a nacer, no era el mejor escenario (no les cuento todo el protocolo en la clínica con el bebé, con los médicos, con mi esposo y conmigo). Pero ahí estaba Dios, y aunque me costó verlo, Él me mostraba Su fidelidad. Aunque mis expectativas no se concretaban, la realidad era una bendición, aún en medio de un contexto de enfermedad y muerte.
Las expectativas están buenísimas, son necesarias. Armamos ideales en nuestra mente que nos impulsan a hacer cosas, son un motor. Muchas veces, esas expectativas están influenciadas por nuestra cultura y nuestro entorno; sería apropiado ponerlas bajo la lupa y pensar si realmente queremos o estamos de acuerdo con lo que dice «nuestra cultura y sociedad». Yo no necesitaba económicamente volver a trabajar, pero sí necesitaba sentirme «realizada» y sentir que ser madre no iba a cambiar a «la Nati de antes» (cambié mucho, y para mejor). Ser madre que «sólo cría» y «no trabaja» no era lo que había visto en redes sociales. Las redes no siempre ayudan, la comparación con otros, menos. Pero no cambiaría por nada esa etapa de crecimiento del bebé y haber estado en cada momento.
A veces no llegamos a cumplir esos ideales. Quizás somos nosotros mismos, los demás, un trabajo o una situación lo que no cumple con nuestras expectativas, pero te dejo un versículo reconfortante: «El corazón humano genera muchos proyectos, pero al final prevalecen los designios del Señor» (Proverbios 19:21). Lo que prevalece es lo que Dios quiere, porque Él nos conoce y sabe lo que necesitamos, y eso siempre es mucho mejor que nuestras expectativas.
¡Hola! Soy Natalia Kaukian. Hija menor de un papá pastor y una mamá médica. Uno ayuda con las heridas físicas, el otro con las heridas espirituales. De ese combo nací yo, Nati de “@milla.extra”. Docente, casada con un músico, recientemente mamá y, por sobre todas las cosas, cristiana… cristiana por convicción.


















