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Fernando y la parábola del freezer

Había una vez un muchacho llamado Fernando, el cual estaba transitando un periodo muy importante para su juventud: dejar el nido e irse a mudar solo. Tenía las cosas principales del starter pack de supervivencia juvenil, tales como una cocina, una mesita cómoda con silla a juego, un colchón, y por último, un pequeño refrigerador. Aunque este último tenía un inconveniente, y era que no poseía freezer, así que había cosas que debía consumir en poco tiempo, ya que si no se colocaban en una temperatura lo suficientemente fría, se podía echar a perder. Pero Fernando se las ingenió para salir de tal aprieto y buscó la forma de modificar la temperatura del mismo. A lo que el refrigerador empezó a enfriar cada vez más y así él pudo conservar su comida por más tiempo.

El problema fue cuando se dio cuenta que ese aparato solo llegaba a cierta temperatura y ahí no podía hacer más. Pero se conformó con eso, y en vez de ahorrar y comprarse un refrigerador con freezer incluido, se quedó así por largos meses que llegaron a ser un par de años. A él le gustaba ese refrigerador, era cómodo y no ocupaba espacio, además de que prefería usar el dinero para otras cosas que él creía necesarias. Eso sí, vivía renegando con comida que se pudría y viendo como el dinero era derrochado, pero era «feliz» con su pequeño refrigerador.

Cuando uno lee esto, dice: «¡Que terco! ¿Por qué no puede ahorrar, vender la que tiene y comprarse otra?» Pero muchas veces no nos damos cuenta que nosotros hacemos lo mismo cuando Dios nos llama a hacer un trabajo o a ejercer un ministerio.

Explicando mejor la parábola, la transición de la mudanza significa estar en tiempo de preparación y edificación ministerial, por ejemplo Jesús, que a partir de los 30 años empezó a formar su ministerio. Entonces Dios nos da herramientas para empezar a forjarla, en este caso la cocina, la heladera y etc., que simbolizan los dones y talentos. Ahora, el problema empieza cuando debemos trabajar para dar frutos y decidirnos a seguir el llamado y voluntad de Dios.

Al principio, cuando tenemos el nivel de principiante por falta de ciertos conocimientos, no se nos demanda tanto como cuando tenemos más experiencia y por ende, responsabilidades. Ahí es donde entra la comida. Una cosa es poner un alfajor o una botella de jugo para que dure unos días, pero si empiezo a necesitar guardar para un mes, no me basta una pequeña heladera porque necesito más lugar. Si no ponemos la mirada en el lugar correcto, se pueden echar a perder varias cosas muy valiosas tales como el tiempo, ya que por querer hacer lo que nosotros queremos y no movernos de nuestra zona de confort se llega a un punto donde lo que Dios nos da, lo ponemos en un lugar que no da fruto. Dios nos da un llamado y un propósito de vida acorde a la capacidad con la que nos formó, sea para trabajar como pastor o maestro dentro de la iglesia, o un llamado en el sistema como hizo con José, que no era sacerdote en un templo, sino la mano derecha de un líder extremadamente poderoso.

Y hago una una aclaración, cuando digo que no da fruto, no significa que se nos quita un don, ya que como dice Romanos 11:29: «Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios», si no que colocamos esas herramientas en lugares equivocados. Voy a dar un ejemplo para hacerme entender. Conozco a ministros (de diferentes congregaciones) que se han desarrollado en la tarea pastoral sin tener tal llamado. Estas personas sí funcionan en gran manera como evangelistas o apóstoles, ya que aparte de tener un testimonio de vida tan asombroso, es increíble como Dios las usa para ganar almas y establecer el Reino en la Tierra. Pero en vez enfocarse en eso, desarrollan una tarea que no les compete y no pueden dar el 100% de su capacidad porque prefirieron o les inculcaron quedarse con el título del «pastorado» y no rinden lo que tendrían que rendir, al contrario, les es contraproducente. Que Dios los bendice, sí, pero no llegan al propósito para los que fueron creados.

Hay una historia que va perfecto con este tema y es la del profeta Samuel, sobre todo en el libro 1, capítulo 3:1-21. Pero en esta ocasión nos quedaremos con los tres últimos versículos: «Mientras Samuel crecía, el Señor estuvo con él y cumplió todo lo que le había dicho. Y todo Israel, desde Dan hasta Berseba, se dio cuenta de que el Señor había confirmado a Samuel como su profeta. Además, el Señor siguió manifestándose en Siló; allí se revelaba a Samuel y le comunicaba su palabra».

Este profeta fue llamado para ser vocero de Dios pese a lo que tenía que enfrentar. Y lo que más me gusta de esto es cuando dice: «el Señor estuvo con él y cumplió todo lo que le había dicho». Porque cuando uno hace Su voluntad, hay mayor bendición y cumplimiento de Su palabra. Debemos dejar de mirarnos el ombligo, porque Satanás anda «como león rugiente buscando a quien devorar» y las cosas de este mundo son pasajeras. De nada nos sirve aferrarnos a lo temporal. Así como Pablo confesaba que no sabía lo que le esperaba al ir a los lugares donde el Espíritu Santo le marcaba, solo tenía fe en que Dios estaba con él por más sufrimiento que haya, y algo importante que dijo fue: «Sin embargo, considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.» (Hechos 20:24).

Como hijos de Dios no podemos perder el tiempo ni la oportunidad de hacer lo que Dios nos mandó, ya que es nuestra responsabilidad elegir hacerlo. Hay mucho trabajo por hacer, como dice Juan 4:34: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra —les dijo Jesús—. ¿No dicen ustedes: ‘Todavía faltan cuatro meses para la cosecha’? Yo les digo: ¡Abran los ojos y miren los campos sembrados! Ya la cosecha está madura».

Ahora la pregunta es: ¿qué vas a hacer?

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