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Humanismo: El infiltrado en la iglesia cristiana del siglo XXI

Antes que nada, vamos a dejar en claro algunos conceptos para que se entienda bien el punto. ¿Qué es el humanismo? Es una filosofía de pensamiento que fomenta la exaltación del hombre estableciendo que el ser humano debe ser autónomo y que no tiene que depender de Dios para vivir y ni hablar, y que busca hacer ver que la Biblia es algo «pasado de moda».

El problema es cuando eso se infiltra en la iglesia. Todos los que están influenciados por esto no creen necesario el hablar en lenguas, no les interesa el despertar espiritual, los dones del Espíritu y ni hablar de practicar la santidad. Buscan lo racional y todo lo que esté fuera de eso, lo pasan como una falacia o un cuento. A veces, el humanismo se infiltra con falsos discursos de amor y respeto a lo que Dios considera pecado, como por ejemplo la aceptación a la práctica de la homosexualidad, adherir al pensamiento del derecho al aborto o de aceptar que un niño puede sentirse niña con la excusa de que «Dios quiere que seamos felices y no suframos», cuando la misma Biblia dice en Job 36:15: «A los que sufren, Dios los libra mediante el sufrimiento; en su aflicción, los consuela».

Pero otras veces, es una vivencia mínima en el espíritu, como dejar de congregarse, no servir en ningún área de la iglesia, no orar, ofrendar por costumbre, realizar los deseos propios y/o no aceptar que Dios tiene un plan y un propósitos para cada uno. Básicamente ser un «cristiano promedio».

Partiendo de esta base, algo que el Espíritu me venía haciendo pensar hace unos días, es sobre una historia muy conocida, pero con un valor tremendo. Juan 8: 1-11 dice: «Pero Jesús se fue al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo. Toda la gente se le acercó, y él se sentó a enseñarles. Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio del grupo le dijeron a Jesús:

—Maestro, a esta mujer se le ha sorprendido en el acto mismo de adulterio. En la ley Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices?

Con esta pregunta le estaban tendiendo una trampa, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y con el dedo comenzó a escribir en el suelo. Y, como ellos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo:

—Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en el suelo. Al oír esto, se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta dejar a Jesús solo con la mujer, que aún seguía allí. Entonces él se incorporó y le preguntó:

—Mujer, ¿Dónde están?  ¿Ya nadie te condena?

—Nadie, Señor.

—Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar.

Y me voy a quedar con la segunda parte del versículo 11, que dice: «Yo no te condeno, vete y no vuelvas a pecar». Jesús no le dijo «yo no te condeno, vete»; él a lo último le dio una orden: «No vuelvas a pecar».

Ahora, Jesús conoce al ser humano, él sabe que pecar está en nuestra vieja naturaleza, no le estaba ordenando algo imposible. Lo que Jesús le quería decir es que no viviera en el pecado, que no caminara en él y que no lo practique. Algunas personas que conocen el Evangelio, suelen tomar versículos de la Biblia para tergiversarlos y sacar provecho de ello, y así fomentar el libertinaje o jactarse de su «libre albedrío», diciendo «Jesús no te juzga, Dios ya te perdonó, sigue pecando y sé feliz». Pero en Jeremías 7:24, la Palabra dice: «Pero ellos no me obedecieron ni me prestaron atención, sino que siguieron los consejos de su terco y malvado corazón. Fue así como, en vez de avanzar, retrocedieron».

Gracias al humanismo, nos enfocamos tanto en que Dios «nos perdona todo» que nos olvidamos del «no peques más». Seguir la corriente de este mundo nos convierte en amadores de nosotros mismos, porque nos volvemos independientes del amor de Dios, y Él nos ama tanto que dejó indicaciones. Como cuando uno crea un artefacto con mucho amor y cuidado que deja las instrucciones de lavado y uso. Es ahí cuando aparece algo tan criticado y menospreciado: La Palabra.

Hace unos días estaba viendo cómo una persona la cual es influencer en redes sociales y en el mundo cristiano decía que él «no era evangélico, que su religión es el amor, que la Biblia está hecha por el ser humano, por lo tanto, está manipulada y en algún momento va a desaparecer», descartando lo que la Biblia dice de que «toda la palabra fue inspirada por Dios» (2° Timoteo 3:16) y que Su palabra no pasará (Mateo 24:35). Pero sobre todo, crea la imagen de un Jesús hippie, que dice que amen y dejen ser, siendo permisivo hasta con el pecado y rechazando lo que dice la Biblia.

El cristiano, bajo la filosofía humanista, ve sus metas de vida como algo suyo y en donde nadie tiene que meterse. Como si fuera un derecho tener todas las bendiciones y una vida color de rosa, viéndolo a Dios como su sirviente. Sobre todo esto, el humanista no sigue el consejo de Dios ni los diseños divinos, sino que sigue a su propio corazón. Lo que muchos se olvidaron es que Jesús vino a confrontar, no vino a fomentar que amemos al pecado, al contrario, eso es lo que hace el humanismo. En Jeremías 17:9 dice: «Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo?»

Nosotros podemos amar al prójimo, tenemos que amar a nuestros enemigos, pero debemos rechazar el pecado. Vivir una vida en el Espíritu y tener una relación de amistad con Dios, es lo que nos hace alcanzar propósito. Es un buen momento para que te examines y sepas identificar si has dejado entrar el humanismo a tu forma de pensar, ya que esto es más sutil de lo que crees. Dios te bendiga.

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