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La hermosa decepción que revela una verdad de Dios

«¡Qué decepción!», hemos dicho todos en algún momento de nuestras vidas. Esperamos mucho de otras personas o de nosotros mismos y, cuando pasa algo que no estaba en nuestros planes, ahí está ese sentimiento que va entre tristeza y bronca. Creímos que algo era de una forma y no, al parecer no estábamos en lo correcto. Quizás, nunca hubiésemos pensado que eso vendría de algún amigo, pareja o familiar. Le pusimos «demasiadas fichas» a alguien o a un plan y no fue cómo imaginamos. Depositamos nuestra confianza y nuestra fidelidad en el lugar equivocado.

En este tiempo, aprendí cuán necesario es decepcionarme de las personas. ¿Duele? Sí, pero si dejamos que Dios nos hable aún en ese sentimiento, es aprendizaje puro para nuestras vidas.

Necesitamos decepcionarnos para abrir los ojos y no creer que nosotros o «un otro» puede llenarnos, abastecernos, darnos todo lo que queremos o necesitamos. Lo que aprendí gracias a mis decepciones es que el único capaz de no decepcionarme es Jesús. Me decepciono hasta de mí misma. Y alguno de ustedes que está leyendo esto seguramente diga «pobre chica», pero es así. A veces, la vara está demasiado alta para mí, ya me exijo demasiado y no puedo lograr todo lo que me propongo; pienso que algo saldría bien y no sale como esperaba.

Aprendo día a día que debo decepcionarme de las personas para aferrarme más a Dios. Nadie podrá satisfacer completamente mis estándares, y no por ser muy exigente, sino porque todos somos diferentes, hacemos las cosas diferentes, sentimos diferente y muchas veces, sin querer, lastimamos a los demás.

La decepción me hace depender más de Dios. Saber que es a Dios a quien debo recurrir y que siempre va a estar. Entender que los demás pueden fallarme, a propósito o no, pero Dios nunca lo hizo y sé que nunca lo hará. No todas las personas que pasan por nuestras vidas pasan para quedarse, algunas solo pasan para enseñarnos algo y luego irse, y eso está bien.

La decepción me hace redirigir la mirada a Dios. Justo cuando creo que puedo con todo o que puedo con los demás o conmigo misma porque algo me salió bien, necesito volver a mirar al cielo y darme cuenta que sola no puedo. Aunque logre muchas cosas, siempre habrá muchas otras que no podré hacer sin Dios en el centro.

La decepción duele, pero es necesaria. No dejes que este sentimiento negativo te haga alejarte o te dañe. Si una persona, incluso dentro de la misma iglesia, te decepcionó, agradécele a Dios que te permitió vivir por eso; evidentemente era necesario. Y si aún estas pasando por alguna situación y no puedes salir de esos sentimientos negativos, enfócate en Dios. Permite escuchar lo que Dios quiere decirte en ese momento de dolor: Él es suficiente.

«No pongan su confianza en hombres importantes, en simples hombres que no pueden salvar, pues cuando mueren regresan al polvo, y ese mismo día terminan sus proyectos. Feliz quien recibe ayuda del Dios de Jacob, quien pone su esperanza en el Señor su Dios.» – Salmos 146:3-5.

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