«Había entre la gente una mujer que hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho a manos de varios médicos, y se había gastado todo lo que tenía sin que le hubiera servido de nada, pues, en vez de mejorar, iba de mal en peor. Cuando oyó hablar de Jesús, se acercó a él por detrás entre la gente y tocó su manto. Pensaba: «Si logro tocar siquiera su manto, quedaré sana». Al instante, cesó su hemorragia y se dio cuenta de que su cuerpo había quedado libre de esa aflicción» (Marcos 5:24-34, NVI).
Esta mujer no se quedó simplemente esperando a que Jesús la viera, algo que era prácticamente imposible entre tanta multitud, y tampoco permitió que su enfermedad la paralice a tal punto de resignarse y no hacer nada, porque naturalmente no había cura para su condición. La mujer creyó y actuó. Cuando ella piensa: «Si logro tocar siquiera su manto, quedaré sana», ya había ganado la batalla para ver su milagro. Primero su fe se gestó en su corazón, luego conquistó su mente y después se materializó. Un paso de fe, una decisión de fe, permitió que el milagro suceda. ¡Un paso de fe en este día puede cambiar el rumbo de nuestra vida!
Nuestra mente es el lugar donde debemos ganar las batallas. El enemigo lo sabe muy bien, por eso sus objetivos están dirigidos hacia esa dirección. Nuestros pensamientos son una fuerza poderosa que afecta nuestra vida para bien o para mal. Para recibir y experimentar la vida abundante que el Señor tiene para nosotros, primero tenemos que transformar nuestra mente.
Muchas veces lo que pensamos y sentimos difiere de las promesas que están en las escrituras, pero nuestro trabajo consiste en creer con nuestro corazón, mantener una fe viva, activa, firme y estable en que, si Dios dijo algo, se va a cumplir. La fe no es un asentimiento mental, sino creer con el corazón, y para creer debemos conocer las escrituras, porque ellas revelan los deseos y los planes de Dios. «Porque yo conozco los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza» (Jeremías 29:11, NVI). Dios desea traer respuestas a nuestra vida, pero debe encontrar fe en nosotros. La fe es la llave que nos habilita a experimentar lo sobrenatural en lo cotidiano.
Esta mujer no se quedó con un diagnóstico médico ni se conformó a la idea de que ya no había nada más que hacer, sino que en un mundo lleno de imposibilidades fue capaz de ver una posibilidad, vio a Cristo y se acercó a Él. Si hoy estamos transitando algún tipo de dificultad, no creamos las mentiras del enemigo cuando nos dice que ya no hay solución para nuestra condición, porque en un mundo de desesperanza nosotros tenemos a Cristo, el dador de la vida, que nos devuelve la esperanza y la fe para que podamos creer y ser libres. Permitamos que el Espíritu Santo nos guíe a dar ese paso de fe que nos habilite para recibir la victoria. Dice la Palabra que fuimos llamados a vivir por fe y no por vista (2° Corintios 5: 7). La fe en Cristo es lo que sostiene nuestra vida. Una decisión guiada por Dios puede cambiarlo todo.
Autora: Ruth Castro
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