Vivimos en tiempos donde se habla más de «salud mental». En otras épocas –y, quizás, ahora también– podíamos escuchar personas decir: «no necesitas ir un psicólogo», «los hombres no lloran», y frases afines.
Gracias a Dios, hoy en día se puede hablar y reflexionar dentro de la iglesia acerca de nuestra mente, como cuidarla, como combatir pensamientos, ataques de pánico, etc., y hasta trabajar en conjunto entre iglesia y profesionales para poder tener una mejor calidad de vida.
Hace poco tiempo, un hermano de la iglesia vivió una experiencia muy difícil, de esas tormentas que nadie querría vivir. Procesos personales que marcan un antes y un después en la vida. Lo que parecía ir encaminado y en orden para la medicina, tuvo un desenlace mortal. Y comenzaron las dudas, las preguntas, los sentimientos desbordantes.
Sin ser familiar de esta persona, la noticia me afectó en sobremanera; todos estábamos esperando felicitarlo, le preguntábamos semana a semana como iba todo y esperanzados esperábamos la noticia de vida. Pero Dios tenía otros planes.
Este hermano, un domingo, en una reunión de acción de gracias –y tras un tiempo de duelo y profundo dolor–, expresó con lágrimas en los ojos frente a toda la congregación: «Este año aprendí que está bien llorar, que cuando tenemos a Jesús, podemos llorar con esperanza». Y esas palabras hicieron eco hasta el día de hoy en mi cabeza.
Jesús lo dijo: «En el mundo tendrán aflicciones, pero CONFIEN… Yo he vencido al mundo». Claro que las aflicciones nos hacen llorar, nos desestabilizan, nos duelen y nos marcan. Jesús lloró. Jesús perdió a un gran amigo. Jesús mismo pasó aflicciones siendo Jesús. Pero nos dejó la esperanza, y esperanza en todo, hasta en lo único que no podía revertirse: la muerte.
Está bien llorar, hace bien llorar… pero no olvides que puedes llorar con esperanza porque tenemos un Dios de consuelo y victoria. Las cosas no siempre salen como queremos, o como la medicina y los profesionales nos dicen. Dios no siempre podrá sacarnos de la tormenta, pero sí nos ofrece tener paz y esperanza en medio de ella.
Hermano, si en algún momento lees este artículo, tu vida y tu testimonio fueron y son un ejemplo de vida para mí y estoy segura que fue y ahora lo será para muchos. Sí, hay esperanza, con Jesús siempre hay esperanza.
¡Hola! Soy Natalia Kaukian. Hija menor de un papá pastor y una mamá médica. Uno ayuda con las heridas físicas, el otro con las heridas espirituales. De ese combo nací yo, Nati de “@milla.extra”. Docente, casada con un músico, recientemente mamá y, por sobre todas las cosas, cristiana… cristiana por convicción.


















