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Mateo y la parábola del cesto de basura

«Érase una vez una familia compuesta por 3 personas: una madre y dos hijos viviendo dentro de un departamento en el centro de la ciudad. Uno de esos hijos se llamaba Mateo. Mateo era estudiante de abogacía, y además era pintor. Todos los días luego de estudiar y hacer su rutina diaria, se ponía a pintar algún que otro cuadro en su cuarto o a hacer alguna que otra manualidad.

Lamentablemente era una persona que, a pesar de su capacidad creativa e inteligencia, no era ordenado. Todo venía bien hasta que, para no llenar el cesto de basura que estaba en la cocina, la mamá le compró un cesto propio a Mateo. En él podría tirar todos los papeles, desechos de pinturas y demás cosas, pero no sirvió de nada y este es el por qué: cada vez que el bote rebosaba de basura, agarraba la bolsa y la cerraba para así entonces dejarla a un costado.

El problema fue cuando después de una semana se dio cuenta de que su mamá no iba a entrar a su cuarto para sacar la basura, así que comenzó a llevar las bolsas al lado del cesto de la cocina para que cuando su madre vea la cantidad de desechos, se dignara a sacarla ¡Grave error! Tres días después, las bolsas eran un estorbo total y afectaba el espacio dentro de la casa. Cuando Mateo tomó dimensión del desastre dijo: ‘¿No ven el desastre que hay en la cocina? Nadie se puede mover sin chocarse con las bolsas, hace una semana que están ahí’.

La irónica sonrisa de Érica, su madre, dijo todo. Pero esta agregó: ‘Te compré tu propio cesto para que administres la basura y de a poco vayas tirando lo que tenías que tirar, y aun así esperas a que nosotros hagamos el trabajo que tú tienes que hacer. Y además nos hechas la culpa de tu propio desorden cuando somos nosotros los que terminamos afectados. Yo que tú, vuelvo a pensar la ecuación’. No hizo falta mucho más para que nuestro querido Mateo se diera cuenta quién era el que tenía que cambiar.

En esta parábola podemos ver que no hay nada fuera de lo común, en lo natural. Pero si lo llevamos a la vida espiritual la cosa cambia un poco. A veces, por ciertas vivencias o testimonios que hemos escuchado, pretendemos que Dios nos ayude en absolutamente todo. Y a veces ni siquiera «ayudar», sino que esperamos a que Dios haga todo el trabajo y si no lo hace como nosotros esperamos, nos enojamos con Él. Es más, a veces ni siquiera nos enojamos solo con Dios, si no también vivimos esperando que un líder de la iglesia venga a solucionarnos nuestros problemas o a decidir por nosotros.

Ahora, uno puede decir: «Yo no espero nada de nadie, prefiero que me dejen en mi desorden que yo me entiendo». Y es verdad, cada uno se entiende en su propio desorden, pero eso trae consecuencias y no solo para uno mismo, sino para el resto. Yo no puedo decir que entiendo totalmente cómo funciona el Reino de Dios ni sus planes, pero si todos somos parte de la Gran Comisión, de su remanente, tenemos una responsabilidad. Si no queremos asumirla, ya es nuestro problema.

Mateo 16:24-26 nos dice: «Luego dijo Jesús a sus discípulos: Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida?»

Negarse a sí mismo significa dejar de lado tus propias formas por adoptar las formas de Dios y sus procesos. Pero también significa que uno debe entender que no somos llaneros solitarios, si no que el propósito que Dios tiene para con uno, influye en los demás. ¿Qué hubiera pasado si el gran evangelista Carlos Annacondia hubiera decidido seguir su propio camino y no aceptar el propósito divino? ¿Y el pastor Claudio Freidzon?

O si les gusta algún ejemplo más bíblico, ¿Y si el profeta Jeremías se dejaba llevar por su baja autoestima y le decía que no a Dios? ¿Y si Abraham decidía no sacrificar a su hijo y le hubiera dado la espalda a Jehová? Y así podemos estar horas dando ejemplos sobre la pregunta «¿Qué hubiera pasado si…?» Todas estas personas estaban destinadas por Dios a cumplir un propósito, sea de llevar a personas a los pies de Cristo, comunicar un mensaje de advertencia o pastorear familias, y con eso dejar un legado en las generaciones.

Pero no hay que olvidar que todas eran personas comunes con emociones humanas y también pecadores igual que nosotros. La circunstancia que estemos pasando no nos puede condicionar toda la vida. Todos somos cestos, o como diría la Biblia, «vasos de barro», que podemos estar llenos de un montón de cosas.

El problema es cuando en vez de anhelar el cambio de raíz, preferimos quedarnos cómodos con el desorden y si de vez en cuando hay un problema, lo tiramos y lo encerramos en una bolsa, pero lo dejamos a un costado. El asunto es que por más que dejemos de lado lo que nos hace mal, no significa que no siga ahí. Las bolsas de Mateo se acumularon no por el hecho de tener basura (porque todos tenemos basura o cosas que no queremos), el problema de este muchacho fue pretender que el trabajo de quebrantar el ciclo de desorden era su mamá, que si bien le había dado un cesto propio para que él se administrara, los problemas ocurrían igual. Lo mismo pasa con la vida espiritual. Dios nos puede dar muchas herramientas, pero si nosotros no decidimos romper con los ciclos que dejamos acumular, tarde o temprano nos terminamos condicionando y atando a ese ciclo, y toda nuestra vida se enreda en un desorden.

Espero que esto te pueda llevar a la reflexión. Sinceramente, en cada artículo que escribo la primera confrontada soy yo, porque así como soy humana, soy una pecadora redimida, y como diría Dante Gebel: «Soy un legalista en recuperación».

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