Según mi perspectiva, hay dos tipos de personas: las que se atreven y hacen, y las que piensan todo tanto que terminan no haciendo. Obvio que para cada regla hay una excepción y depende de qué situaciones estemos hablando, uno se puede identificar con una parte o la otra.
En nuestra vida podemos llegar a tener muchas ocasiones en los que realmente no sepamos qué hacer o para dónde ir. En mis momentos de incertidumbre algunas personas me recomendaban –basados bíblicamente– simplemente esperar en el Señor, que Él abra puertas donde quizás yo no veo, estar atenta y esperar; claro que perseverando en oración. Y otros me recomendaban hacer, orar y poner «manos a la obra». «Vos hacé tu parte, vos comenzá y que Dios te vaya mostrando mientras hacés», me decían.
La verdad es que esos consejos, para una persona indecisa como yo, me mareaban aún más. No están ni bien ni mal y, como dice la Biblia: «en la abundancia de consejeros está la victoria» (Proverbios 11:14, LBLA). Así que busqué y luego pensé qué era lo mejor para mí y para la situación particular que estaba viviendo.
Muchas veces tocará ver como Dios de la nada hace todo, pero otras tocará hacer nuestra parte, lo humanamente posible. Si necesitamos un trabajo difícilmente nos encuentre estando sentados en nuestra casa jugando videojuegos o mirando redes sociales. Tu tarea es, aparte de orar en todo tiempo, preparar tu curriculum (u hoja de vida) y presentarla en los lugares donde quieres estar. Después sí, toca esperar.
Hace unos días hablábamos en el grupo de estudio bíblico acerca de lo frontales que podemos ser con Dios y leíamos el libro de Job. Siempre pensamos en Job como el «pobre hombre» al que le pasó absolutamente de todo: pérdida económica, familiar y de salud. Job pasó de tenerlo todo a no tener absolutamente nada. Y, aun así, en esa situación desesperante, no tuvo secretos para con Dios. No tenía idea por qué le pasaba todo eso y se lo manifestó al Señor. En una conversación extensa y hermosa, Dios le hizo ver que Sus planes –aún en medio del dolor, de la desesperación y de la pérdida– son mucho mejores y están bajo Su control.
No tengas miedo de hablar con Dios y contarle lo que te pasa, preguntarle directamente y con sinceridad: «¿Para dónde tengo que ir? Papá, ¿qué quieres de mí en esta situación? ¡Muéstrame Señor para donde salir corriendo!» Sin lugar a dudas, lo hará. A veces, tú tendrás que dar el primer paso; y en otras, simplemente esperar porque no hay donde ir. Cuando no sepas qué hacer, mira al cielo, habla con el Creador de absolutamente todas las cosas y dile que sea tu guía. ¡Ah! Sí… Y prepárate, porque Él siempre responde.
¡Hola! Soy Natalia Kaukian. Hija menor de un papá pastor y una mamá médica. Uno ayuda con las heridas físicas, el otro con las heridas espirituales. De ese combo nací yo, Nati de “@milla.extra”. Docente, casada con un músico, recientemente mamá y, por sobre todas las cosas, cristiana… cristiana por convicción.


















