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Espiritual

¿Te consideras cristiano? Piénsalo tres veces

Nací en una familia cristiana. Durante mi niñez, cada domingo asistí a la iglesia y memoricé versículos. A los 14 años gané concursos de oratoria al exponer textos bíblicos, a los 18 me bauticé y hasta los 22 serví como líder de jóvenes.

Pero yo no era un cristiano de verdad.

Este es un problema de identidad sutil: muchas personas se consideran creyentes sin serlo en realidad. En mi caso, yo creía que mis obras me harían acepto delante de Dios. Para otros, esto puede estar relacionado con nuestras ideas erradas sobre el carácter de Dios, con creer que la Biblia necesita una actualización o con pensar que nuestra fe se trata sólo de aspectos tan simples como nuestra forma de vestir (por mencionar algunos ejemplos).

Sin embargo, los peligros de identificarnos como cristianos, cuando en realidad no lo somos, son demasiado grandes como para ignorarlos. Por eso quiero ayudarte a ver tres peligros que implica estar en esta posición, que son al mismo tiempo tres razones para examinar nuestra fe.

Peligro #1: Nos engañamos a nosotros mismos

Es vital definir lo que es un cristiano con base en lo que la Palabra dice, no en lo que creemos por nuestra cuenta. La Biblia nos presenta en Judas Iscariote un ejemplo claro de la importancia de esto. Él fue un hombre que recibió un llamado directo del Mesías y aprendió de Él durante tres años. ¡Fue uno de los doce! Sin embargo, su idea de quién era Jesús estaba tan equivocada como su idea de quién era él mismo como discípulo.

Por más difícil que sea reconocerlo, nosotros también podemos pasar la vida entera haciendo lo que es «cristiano» sin que exista una transformación verdadera en nuestro interior (Mt 7:21-23).

Peligro #2: Somos de confusión para otros

Si me considero cristiano, reconozco mi responsabilidad de compartir el evangelio. Pero si creo las cosas incorrectas, entonces lo más probable es que eso modele con mi vida y enseñe a los demás.

Esto no es nuevo, como vemos en la exhortación que Pablo hace a Timoteo: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad. Evita las palabrerías vacías y profanas, porque los dados a ellas, conducirán más y más a la impiedad, y su palabra se extenderá como gangrena; entre los cuales están Himeneo y Fileto, que se han desviado de la verdad diciendo que la resurrección ya tuvo lugar, trastornando así la fe de algunos» (2 Timoteo 2:15-18).

Es importante recordar que al identificarnos como cristianos no estamos reflejando una preferencia o un estilo de vida personal; estamos representando a Dios mismo.

Peligro #3: Nuestro destino final está en juego

Este último es el mayor peligro de todos porque es permanente. Si esta vida es una carrera, queremos llegar al final. Sin embargo, podemos correr, sufrir y cansarnos sin nunca alcanzar el destino correcto porque corremos la carrera equivocada.

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Imagina lo que vivió Ri Kang Bom, un corredor de Corea del Norte que lideraba un maratón en China. A solo 200 metros de la meta, se equivocó de ruta al distraerse y seguir una camioneta que televisaba el evento. Para cuando se dio cuenta del error, era demasiado tarde: alguien más había cruzado la meta.

Por más doloroso que haya sido, este hombre solo perdió algo temporal pero aquí está en juego nuestra eternidad. Debemos considerar cómo corremos, no siguiendo una distracción representada en algún falso evangelio que tuerce la Escritura, sino con los ojos puestos en el Jesús bíblico, el autor y consumador de nuestra fe (He 12:1).

La seguridad de ser creyentes

Sin importar cuánto tiempo lleves identificándote como cristiano, estos tres peligros son verdaderos y constantes si no has creído en realidad el evangelio. Por eso la Biblia nos recuerda, una y otra vez, la importancia de autoexaminarnos para entender cómo nuestras vidas necesitan la intervención de Dios (2 Co 13:5).

Por la gracia de Dios, en la Biblia conocemos cómo podemos tener certeza de que somos creyentes de verdad. Una vez que creemos realmente en Jesús como Señor y Salvador, podemos combatir nuestras dudas con tres fuentes de seguridad para nosotros: el Espíritu Santo, porque testifica a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom. 8:15); la Palabra, porque es inspirada por Dios, penetra hasta partir el alma y discierne las intenciones de nuestro corazón (He 4:12); y la Iglesia, porque allí nos estimulamos al amor y a las buenas obras, y nos exhortamos los unos a los otros sabiendo que el día del Señor se acerca (He 10:24-25).

Busquemos estar seguros de que, al terminar la carrera, podamos escuchar de parte de Dios: «Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25:23).

Autor: Rodrigo Gómez. Extraído de CoalicionPorElEvangelio.org bajo previa autorización.

 

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