Si creciste en los años noventa o principios de los dos mil, seguramente recuerdas esa frase. Bart Simpson la convirtió en una de las expresiones más famosas de la televisión. Cada vez que rompía una ventana, hacía una travesura o provocaba un desastre en Springfield, la respuesta era casi automática: «¡Yo no fui!»


La verdad es que Bart Simpson no inventó la cultura de las excusas, simplemente la hizo famosa. Mucho antes de que existieran los dibujos animados, ya había un hombre diciendo exactamente lo mismo.
En el jardín del Edén, después de desobedecer a Dios, Adán no respondió con un «sí, fui yo». En lugar de eso dijo: «La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (Génesis 3:12). Eva tampoco asumió completamente su responsabilidad. «La serpiente me engañó, y comí», dice en el siguiente verso.
Desde el comienzo de la historia humana hemos perfeccionado el arte de encontrar culpables antes que asumir responsabilidades. Hoy no es muy diferente. Un estudiante reprueba el semestre y dice que el profesor la tenía contra él. Hay quienes no consiguen trabajo y culpan únicamente a la economía, aunque hace años no aprenden una habilidad nueva ni actualizan su hoja de vida. Otros viven frustrados porque sus padres nunca tuvieron dinero, porque nacieron en un barrio difícil o porque sienten que la vida les repartió peores cartas que a otros.
Y antes de que alguien malinterprete estas palabras, vale la pena decirlo con claridad: sí existen desigualdades reales. Hay personas que comienzan la carrera desde mucho más atrás. Hay injusticias, crisis económicas y circunstancias que nadie escogió vivir. Pero una cosa es reconocer los obstáculos y otra muy distinta convertirlos en una excusa permanente para dejar de avanzar.
Hace unas semanas, durante el Mundial de fútbol, volvió a repetirse una escena conocida. Después de otro torneo decepcionante para Brasil —una selección que pasó del histórico «jogo bonito» al «jogo feio», acumulando frustraciones en las competencias recientes— algunos protagonistas atribuyeron el resultado simplemente a «la voluntad de Dios».
Como cristiano, creo firmemente que Dios es soberano. Él gobierna sobre la historia y nada escapa de sus manos. Pero esa verdad nunca fue dada para reemplazar nuestra responsabilidad. Quizá antes de decir: «Así lo quiso Dios», deberíamos preguntarnos: ¿Nos preparamos? ¿Fuimos disciplinados? ¿Dimos lo mejor de nosotros?


Curiosamente, siglos antes el apóstol Pablo ya había escrito algo todavía más profundo: «Pero por la gracia de Dios soy lo que soy… Antes bien he trabajado mucho más que todos ellos; aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí» (1° Corintios 15:10). ¡Qué equilibrio tan extraordinario!
Pablo nunca dijo que todo dependía de él. Pero tampoco convirtió la gracia en una excusa para quedarse de brazos cruzados. La gracia no anuló su esfuerzo; fue precisamente la gracia la que produjo ese esfuerzo. Me imagino que, si viviera hoy, tendría un perfil en LinkedIn lleno de logros: tres viajes misioneros, decenas de iglesias fortalecidas y 13 cartas publicadas que terminaron siendo parte del Nuevo Testamento. Eso sí es entender que la gracia produce una vida diligente.
El mismo Dios le dijo a Josué, cuando estaba a punto de enfrentar el desafío más grande de su vida, que antes de esperar un milagro debía asumir su responsabilidad: «¡Sé fuerte y valiente! No tengas miedo ni te desanimes, porque el Señor tu Dios está contigo dondequiera que vayas» (Josué 1:9). La promesa de Dios nunca fue una conquista sin esfuerzo. La promesa era algo mucho mejor: Su presencia en medio del esfuerzo.
Sin embargo, creo que la excusa más peligrosa no está en el estudio, el trabajo o el deporte. Está en nuestra vida espiritual. Porque es posible usar incluso a Dios para justificar nuestra pasividad. Decimos que confiamos en Él, cuando en realidad estamos evitando obedecer.
Con frecuencia escucho personas decir: «Primero voy a cambiar y después buscaré a Dios», «Todavía soy muy malo para congregarme», «Cuando deje ese pecado, entonces sí serviré al Señor». Pero eso es como decir: «Primero voy a bañarme y luego entro a la ducha». El Evangelio funciona exactamente al revés.
Jesús no vino a buscar personas que ya estaban listas. Vino a buscar personas que sabían que no podían salvarse por sí mismas. La gracia nunca ha sido el premio para quienes lograron cambiar. La gracia es el punto de partida para quienes deciden rendirse a Cristo.
Hay una frase de la canción «Legacy», de la banda Memphis May Fire, que me parece un desafío para toda una generación: «Vive cada día como si fuera tu última oportunidad de ser escuchado y visto«. Como cristiano, yo le añadiría algo más: Vive cada día como si fuera tu última oportunidad de obedecer a Cristo, servir a los demás y dejar un legado que hable de Él y no de ti.
Porque al final, nadie será recordado por las excusas que dio, sino por la fidelidad con la que respondió al llamado de Dios. Así que deja de vivir diciendo: «Yo no fui».


Comunicador & pastor de jóvenes.
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