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Un acto de amor revolucionario

Hay cosas que siempre tuvimos y que no las valoramos hasta que las perdemos, o siendo mayores las extrañamos, o que simplemente a otro le falta y caemos en la realidad de que, gracias a Dios, a nosotros no. Y una vez que lo ves o te das cuenta de eso, lo valoras.

Considero que soy una bendecida de la vida y que nací en «cuna de oro». Y cuando hablo de «cuna de oro» no me refiero a lo material, porque eso sí que faltó muchas veces en casa. Pero, aunque la plata faltara, comunión con Dios y «vida espiritual» había siempre. Tengo muchos recuerdos de ver a mis papás desayunando y orando juntos. Y así, muchas formas de ver reflejado el amor de Dios en mi familia.

Ya les conté de mi papá pastor y mis mil formas de llevar el título de «hija de pastor». Mi viejo sabe que toda la vida le estaré agradecida de dedicar su vida a Dios. Es un claro ejemplo de lo que quiero para mi vida y mi familia: lo que construyeron ellos. Claro que yo lo empecé a ver como bendición después de hacerme la rebelde por unos años, ja. Pero hay algo más que no siempre «vi»: a mi mamá.

¡Qué difícil hubiese sido la vida pastoral de papá sin una pareja que lo acompañe en todas! ¡Y cuando digo todas, es todas! Un llamado así, requiere una gran compañera. Y en eso quiero centrarme. Para que Dios pueda obrar en tu vida con sus planes maravillosos, es muy importante que te rodees de las personas indicadas, con las personas que Dios va a poner en tu vida que te van a ayudar a crecer, que van a estar contigo para orar por ti, para alegrarse en tus victorias y llorar juntos las veces que sea necesario.

Mamá es médica, tiene una carrera, una profesión a la que se dedicó gran parte de su vida. Con idas y vueltas, porque si papá debía viajar, mamá sostenía y acompañaba dejándolo todo por el llamado pastoral. Claramente, mamá también tenía un propósito en todo este plan. Y no era solo acompañar a papá. Estoy segura que se habrá replanteado mil veces las mudanzas, las renuncias a los trabajos, cambiarnos de colegios, y un montón de cosas más. Sus oraciones eternas con lágrimas en los ojos no fueron en vano.

En estos tiempos en los que todos podemos y debemos trabajar, sentirnos realizados y no dejar de lado nuestras aspiraciones personales (sobre todo las mujeres), lo que hizo y hace mamá lo veo como un acto revolucionario. Un acto revolucionario de amor. Creo que decirle a Dios: «Sí, vamos, dejamos todo. Cuenta con nosotros», no es para cualquiera, pero sí lo era para mis padres.

Así que acá va mi reflexión: A mi mamá la admiro como mujer, como profesional, como hija de Dios, como madre, pero también como esposa y compañera. Es mi referente. No imagino las cosas por las que habrá pasado, porque el diablo siempre está dispuesto a engañarnos y hacernos sentir mal con sus mentiras. Pero ella le fue fiel a Dios y frente a eso, todo lo demás ya no importa.

Si tú sientes que tus padres o tu familia no son de ejemplo, tú puedes ser quien cambie ese árbol genealógico. Puedes ser quien elija bien su entorno, quien esté disponible para la voluntad de Dios, y porque no, para formar una familia de ejemplo. Con Dios, puedes cambiar tu historia y la de tu familia.

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