A menudo pensamos que si las personas fueran distintas, todo sería diferente. Comenzamos a ver las fallas de los que nos rodean, los defectos y todo lo que hacen mal. Y así justificamos las actitudes incorrectas que tomamos como respuesta a eso que estamos viviendo. Todo sería más fácil si los demás cambiaran. Pero La Palabra de Dios es personal, y cuando acudimos a ella, vemos lo que hay en nuestro corazón. Inevitablemente, empezamos a recibir luz y sabiduría sobre nuestras actitudes y nos damos cuenta de que los que debemos cambiar somos nosotros. Sí, nosotros.
Los cambios en la vida de un hijo de Dios nunca acaban, nuestra meta es ser cada día más parecidos a Jesús y para eso necesitamos ser pulidos y transformados desde nuestro interior. El Espíritu Santo es el mejor compañero en los procesos de cambios porque nos enseña, nos acompaña y nos da la fuerza para llevarlos a cabo. «Sin embargo, cuando el Padre envíe al Abogado Defensor como mi representante—es decir, al Espíritu Santo—, él les enseñará todo y les recordará cada cosa que les he dicho» (Juan 14:26, NTV).
Los cambios se producen en nuestro interior y luego se manifiestan en nuestro exterior. Cuando entendemos que la responsabilidad de cambiar es personal, dejamos de observar a los demás para ocuparmos de nosotros. Ya no señalamos ni juzgamos a nadie, no porque dejemos de percibir sus errores, sino porque sabemos que Dios les ha otorgado a todos la decisión de obedecer a sus mandamientos. Y llegará el día en el que tendremos que dar cuenta de lo que hemos hecho con nuestra vida. «Es cierto, cada uno de nosotros tendrá que responder por sí mismo ante Dios. Así que dejemos de juzgarnos unos a otros. Por el contrario, propónganse vivir de tal manera que no causen tropiezo ni caída a otro creyente» (Romanos 14:12-13, NTV).
La palabra dice: «No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta» (Romanos 12:2, NTV).
Cuando damos espacio a que se desarrolle la mente de Cristo en nosotros, somos transformados de tal manera que vemos a los demás a través de Sus ojos. Si cambiamos nuestra mente, cambiamos nuestra vida. Por eso podemos amar, perdonar, ser misericordiosos, bondadosos, no juzgar ni señalar a otros. Entonces, cuando nuestra vida cambia, todo lo que nos rodea es transformado. Somos el cambio que nuestros amigos, nuestra familia y el mundo necesitan.
¿Acaso Jesús no hizo eso? Él fue diferente y cambió un ambiente hostil en un ambiente lleno de poder y favor. Jesús no esperó que otros cambien porque él era el cambio. ¿Podremos ser nosotros el cambio que otros necesitan? ¿Podremos dejar de preocuparnos por los errores de los demás y ocuparnos de los nuestros? Sí, podremos porque el cambio está en nuestro interior y comienza por nosotros.
Autora: Ruth Castro
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